El ángel de la lluvia

Era un 7 de Agosto, yo caminaba por la acera de mi pequeño pueblo costero, mirando el mar, la gente que pasaba, los bonitos escaparates de las tiendas… Iba caminando, simplemente, sin fijar la vista en ningún punto en concreto, pensando, sencillamente, que hoy era mi cumpleaños, que había quedado, que era feliz, porque la persona que más amaba se había acordado de esa fecha tan especial, para los dos, puesto que justo un año antes nos habíamos conocido.

Era una tarde lluviosa, yo estaba en la playa, bajo toda esa agua, pensando sólo en una cosa. En que mis padres no me querían, que no me quería nadie… que no era nadie.

No lo vi llegar. Ya lo tenía encima cuando noté su sombra cubriéndome, cubriendo esa figura que se acurrucaba, temblorosa, sobre una roca, con los brazos alrededor de sus piernas y la cara entre ellas, para ocultar las lágrimas que rodaban sobre sus mejillas.

Levanté la cabeza de su refugio y fijé mis ojos grises, sin vida, en los suyos, trozos de hielo color azul, que horadaban mis pupilas sin poderlo evitar. Se agachó, lentamente, con cuidado de no hacer ningún movimiento brusco que pudiera asustarme. Tendió sus manos hacia mis brazos, con delicadeza, como si fuera la cosa más frágil del mundo.

– ¿Qué te ha pasado? – levantó una mano hacia mis ojos para recoger una de esas lágrimas que se escapaban de mis ojos – ¿qué es lo que ha hecho llorar a la criatura más bella que se podría encontrar en este mundo?

Me miraba de esa forma, como sólo podía mirar alguien que no quería perder algo… ¿qué era eso que no quería perder?

Levantó la mano con la que unos segundos antes había atrapado mis lágrimas para coger mi barbilla con una delicadeza y una ternura nunca imaginadas y obligarla a mirarle más de cerca.

– ¿Nadie te quiere? – me preguntó. Sólo necesitó bucear en mis ojos para averiguarlo – Entonces, yo seré quien te ame.

Acercó su cara a la mía y cerró sus ojos, haciendo caso omiso de la lluvia a nuestro alrededor, regalándome el beso más hermoso que nunca hubiera podido imaginar.

Por aquel entonces, yo andaba perdida, sin saber qué hacer. Esa vez que me encontró fue una de mis muchas salidas a solas a la naturaleza, dejando en sus manos la curación de mi alma.

Lo que él hizo fue mucho más que eso, curó mi corazón con las mismas palabras con las que el viento me dijo que me lo robaría. No lo robó, se lo regalé.

Crucé la calle, dirigiéndome al sitio donde él y yo habíamos quedado, el mismo sitio donde, un año antes, me había encontrado, donde, sin hacer caso alguno al agua, nos habíamos prometido en silencio que nos amaríamos eternamente.

Llegué al último cruce, el único obstáculo que quedaba entre la fina arena del mar y yo. En ese instante, lo vi, estaba al otro lado del cruce, sonriéndome como sólo él sabía hacer, con el amor brillando en sus ojos.

Ni lo pensé. Empecé a cruzar el paso de peatones, corriendo hacia sus brazos.

No me di cuenta. Sucedió todo tan rápido, que no tuve tiempo de ver nada. Al segundo siguiente, estaba en el suelo, sosteniendo entre mis manos, sobre mi regazo, su cabeza llena de sangre. Acaricié sus cabellos color azabache y miré sus ojos azules, que tan sólo pedían perdón por no poder quedarse conmigo. Le abracé, allí, en medio del cruce, con un mar de lágrimas brotando de mis ojos, entre ese gentío que observaba, algunos con pena, otros con horror, otros llamando a una ambulancia… A pesar de saber que no iba a llegar a tiempo.

Yo me quedé allí, con su cabeza sobre mis piernas, viendo como levantaba la mano izquierda para acariciar mi mejilla, esbozando la última sonrisa de su vida, cerrando sus bellos ojos azules… Para siempre.

Y aquí estoy ahora, derramando mi mirada sobre el mar, encima del acantilado desde el que él me vio ese día, acurrucada sobre mí misma. Levanto la vista hacia el cielo, donde no se ve una sola nube que presagie tormenta. Vuelvo la vista hacia el sol, atisbando por los pelos una figura, que me tiende su mano. Sonrío, claro que iré. Es lo único que he deseado siempre, estar con él, para toda la vida, durante toda la eternidad.

Adelanto un pie y doy el paso que me llevará a su lado. Mis cabellos cobrizos ondulan al viento, mi vestido se mueve a su compás, y mi mano busca la suya, para que me guíe, me lleve. Con él. Por toda la eternidad.

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