Relatos para concursos

Más allá de la Muralla (Windumanoth)

Era de noche en Hrokk, una de esas noches en que la luna no brillaba, escondida en el firmamento, una noche fría. La poca luz que daban las antorchas encendidas a lo largo de la Muralla y en las esquinas de las casas dejaba ver un pueblo rústico donde muchas de las estructuras eran de nueva construcción y donde la nieve cubría cada superficie. Casas hechas de madera, rápidas de construir pero seguras y calientes, algunas tenían techos cubiertos con haces de paja. La estructura más alejada era la única construida de manera diferente pues mientras el resto eran achaparradas y de no más de dos pisos, esta medía más de cinco y tenía varios pies de ancho. Sus cimientos se adivinaban de roca pero no de una roca cualquiera, sino de creta, la roca más dura que se podía encontrar al este del mar Rume. El Dach hacía honor a su nombre.

Construida en la salida de un desfiladero al mar, Hrokk imponía, pero lo que más inducía este efecto era la inmensa Muralla de creta que tapaba la salida al mar. Midiendo al menos ocho pisos y con una anchura de cuatro mujeres de pies a cabeza, la inmensa construcción dominaba la vista allá donde mirases. Gracias a ella la mayoría del año el sol daba menos luz de la que debería al posarse en su dirección. Por ella paseaban parejas de mujeres y hombres, todos ataviados con pieles y capas, vestiduras apropiadas para el frío del invierno. Las mujeres caminaban delante, erguidas, todas cargando un arco de gran tamaño en mano y con un carcaj lleno de arpones colgando de la cintura. Los hombres las seguían de cerca, vagamente encorvados como si fueran suplicantes. De vez en cuando uno alzaba la tez al cielo y una melodía suave se oía en el silencio nocturno.

Escudándose en la oscuridad una figura encapuchada saltaba la Muralla silenciosamente, aparentemente sin esfuerzo alguno, y se escondía en el hueco de una escalera de bajada. Varios minutos después la misma figura apareció en la puerta de la almenara a nivel del suelo y se lanzó hacia la sombra de la casa más próxima. Tras unos pocos saltos entre casa y casa, ya lejos de la mirada de las patrullas, la figura se estiró y adoptó un paso ligero pero calmado, seguro de sí mismo. A la espalda llevaba un arco como el de las mujeres de la Muralla, el mismo carcaj colgando de la cintura, pero iba vestida vastamente diferente. En vez de ropa oscura y pesada, el cuero de sus pantalones y chaqueta era más delgado y flexible, de colores claros, casi blancos; pero a pesar de la falta de cobertura la figura no parecía incomodada en lo más mínimo, ni un temblor fuera de lugar indicaba frío alguno.

La figura se paró frente a una casa como todas las demás, tal vez más cercana al Dach que la mayoría, pero por lo demás sin distintivo alguno. Tras una breve pausa frente a la puerta, la figura sacó un gancho con cuerda de su cinto y lo lanzó a la ventana del segundo piso, trepando por él en cuanto lo hubo asegurado. Unos simples movimientos con una daga y la figura estaba dentro.

El interior de la estancia era oscuro y simple. Una mesa de tamaño medio, una mesita de noche y una cama acompañaban a una pequeña estantería con varios libros desordenados y una mecedora frente a una chimenea apagada. Las ascuas todavía brillaban un poco así que no hacía mucho que se habían apagado. A pesar de la existencia de la estantería varios libros se amontonaban encima de la mesita de noche y de la mecedora, rebeldes. La figura soltó un suspiro de diversión y se acercó a la cama, donde un bulto se adivinaba bajo las sábanas.

Una cara joven y delicada se apoyaba en la almohada, casi sofocándose en ella mientras sus cabellos se desparramaban sin orden ni concierto. El ceño fruncido indicaba que no tenía un sueño apacible. La figura se sentó en la cama y posó su mano derecha en el nido de pájaros que era la maraña de pelo, deshaciendo nudos y peinándolo suavemente hasta que el ceño de su dueño se relajó. Sus ojos empezaron a abrirse lentamente, buscando a su alrededor el origen de la sensación que lo había despertado. Tras unos parpadeos perezosos, su mirada se fijó en el desconocido en su cama y un pequeño grito salió de sus labios antes de que el otro le acallara.

—Shhh… Está bien, Sidth. Soy yo —susurró la figura con voz grave, quitándose la capucha con la otra mano.

El joven, Sidth, abrió más los ojos todavía, claramente reconociendo al intruso. La figura, antes encapuchada, presentaba un largo cabello negro azabache recogido en una semi cola alta, tez oscura por el contacto con el sol, ojos claros y los tradicionales tatuajes de la tribu del norte bajo el ojo izquierdo. Plumas que denotaban el rango de la guerrera, en este caso seis, uno por debajo del número máximo que se podía alcanzar. Los ojos de Sidth se llenaron de lágrimas.

—¿Syln…? ¿Eres tú? Dime que no estoy soñando, por favor —el joven acercó una mano a la mejilla de la mujer, que había bajado la suya hasta caer en su hombro. Temblorosa, la mano llegó a su destino y tocó piel cálida—. ¿Syln?

La mencionada repentinamente acercó el cuerpo del otro al suyo y le abrazó con fuerza, enterrando la cara en el hueco entre cuello y hombro, haciendo que Sidth diera un respingo y se pusiera tenso. El calor del abrazo le fue relajando poco a poco, sin embargo, y no tardó en dejarse hacer.

—Te he echado tanto de menos… Sidth, mi pequeño Sidth. Has crecido tanto… —murmuró a su oído.

—Yo también te he echado de menos… ¡pero es todo culpa tuya! Si no te hubieras ido sin avisar, desaparecido entre la niebla, no habría tenido que estar solo —arguyó él débilmente, abrazando fuerte a su vez—. No sé ni cómo estás aquí ahora mismo.

Syln, por su parte, respondió calmadamente y con una expresión serena.

—Lo siento, debería haberte avisado. Sé que te pilló muy de sorpresa.

—De sorpresa es poco, si no fuera por el vínculo hace ya mucho que te habría dado por muerta —sus puños se apretaron, agarrados con fuerza a la chaqueta—. ¿…vienes para quedarte o te irás de nuevo?

—Un poco las dos cosas —rió ella. Notando que se tensaba de nuevo, Syln empezó a trazar círculos en su espalda hasta que volvió a relajarse—. He venido a quedarme por un tiempo y a irme por un tiempo. Y me gustaría que me acompañases. Tengo muchas cosas que mostrarte.

Sidth se separó de ella un poco, lo justo para mirarla cara a cara, sorprendido.

—¿Estás loca? ¿Dónde quieres que me vaya contigo, ahí fuera? ¿Y dónde has estado? Después de lo que hiciste tendrás suerte si el Consejo te acepta de nuevo. Eras una de las guerreras más fuertes del pueblo, aunque tuvieras un cantante defectuoso. Cuando te marchaste… —Sidth bajó la cabeza y se miró las manos— me convertí en algo inútil. Un cantante sin guerrera no vale nada, lo sabes. Llevo tanto tiempo sin cantar que ya no sé si soy capaz.

—Hey, hey, ¿qué estás diciendo? —ella se enmarcó su cara con las dos manos y le hizo mirarla a los ojos—. Nunca digas eso. No eres inútil, nunca lo has sido. Y nunca has estado defectuoso —insistió con fuerza—. Que no te lances a matar no te hace más débil, solo me dice que tienes una moral diferente. Y eso no es negativo.

—Ya, bueno… —sus ojos evadieron su mirada—. Yo pensé… que quizás te habías ido por eso.

Aparentemente sorprendida, Syln abrió los ojos y su cuerpo se echó para atrás instintivamente.

—¡No! Bueno, un poco sí pero no porque te considerase débil. Me preocupaba que cada vez que hacíamos caer un dragón te entristecieras de tal manera. Solo ver como poco a poco tu sonrisa iba desapareciendo me mataba por dentro. Pensé que te estaba perdiendo.

Syln volvió a abrazarle y esta vez los dos se quedaron en esa posición durante un buen rato. La noche era tranquila y la ventana se había quedado entreabierta, dejando que algunos copos se colaran por la rendija y provocando que Sidth se acurrucase contra ella. Finalmente, cuando ambos se hubieron calmado, se separaron y él se limpió la cara con la palma de las manos.

—¿Dijiste que querías enseñarme algo?

Ella sonrió.

—Sí, pero antes necesito que me ayudes con algo. ¿Queda alguien en la aldea que quiera parar esta guerra? Siendo el pueblo que somos, sé que no está en nuestra sangre rendirnos —indicó con voz seria—, pero nos están masacrando y nosotros a ellos. Esto no tiene fin y no lo tendrá nunca a menos que encontremos una manera.

Confuso, Sidth inclinó la cabeza un poco y adoptó una postura pensativa. Al poco rato levantó la mirada.

—Si no me equivoco Maren y Jatk llevan ya un tiempo quejándose al Consejo pero no se dejan convencer. Ikln está de su parte también pero ella lo hace más sutilmente, aunque por lo que he visto Rorke le causa bastantes problemas. Sigue siendo igual de bocazas que siempre.

La guerrera enarcó una ceja pero se levantó, estirándose para desentumecer los músculos.

—Bueno, algo es algo. A lo mejor después de demostrarles que tienen razón Rorke decide empezar a pensar —miró a Sidth, que seguía en la cama y la miraba dudosamente—. Venga, vístete y levántate.

—¿Vamos a algún lado? —preguntó él, aunque ya se había empezado a desvestir automáticamente.

—Ajá, a casa de Maren. ¿Asumo que si nos ganamos a ella y a Jatk, Ikln vendrá también? Espero que no vivan lejos, no me apetece recorrer todo el pueblo de lado a lado.

Una risa, claramente contenida, por parte de Sidth la hizo mirarle inquisitivamente.

—En realidad viven todos juntos en casa de Ikln. Maren y ella se casaron hace dos inviernos —respondió entre risas con la cabeza medio dentro de la túnica.

Ignorando a su compañera, visiblemente sorprendida, Sidth terminó de vestirse y se abrochó las botas, cerrando la ventana antes de dirigirse a la puerta del dormitorio.

—Han cambiado muchas cosas desde que te fuiste.

Antes de atravesar la puerta principal, Syln le hizo un gesto al cantante y este, sin pensarlo mucho, emitió una melodía grave que cambió el color del cuero de blanco a un gris oscuro. Ella sonrió y no dijo nada, abriendo la puerta. Ambos salieron silenciosamente y se dirigieron al centro del pueblo, de nuevo viajando entre las sombras. Aunque Sidth se conocía las calles como la palma de su mano, Syln era quien guiaba y le indicaba el camino que les dejaba menos al descubierto. Al llegar a la plaza una estatua de varios metros de Harran Fauces Abiertas les dio la bienvenida, seria, solemne, cubierta de arriba a abajo por una armadura de creta de esas que ya no se hacían. Su método de creación se había perdido con el paso del tiempo y nadie se había atrevido todavía a intentar reproducirlo.

La casa de Ikln estaba en el círculo interior y esta vez, llamaron a la puerta y esperaron no hacer mucho ruido. Unos gruñidos precedieron a pasos ligeros y la puerta se abrió con brusquedad para dar paso a una mujer alta, en sus treinta, con el pelo rubio recogido en una trenza y los ojos entrecerrados.

—¿Qué? —empezó de malos modos antes de darse cuenta de a quién tenía delante—. ¿…Syln? ¿Qué…? Pensé que estabas muerta —dijo atónita.

—Dejemos de lado por supuesto el hecho de que yo dijera más de una vez que no se había roto el vínculo —farfulló Sidth desde detrás de Syln.

—Pensábamos que estabas de luto, so zopenco. Pensamos que te había dado demasiado fuerte y no habías conseguido recuperarte —se explicó ella. Poco después suspiró—. Lo siento, tendríamos que haberte hecho caso. Anda, entrad, despertaré al resto.

—Vale pero diles que se vistan, tú también, tenemos cosas que discutir. En silencio, por favor —indicó Syln antes de entrar, sujetar la puerta para que pasara Sidth y cerrarla.

Ambos se acomodaron en dos sillones enfrente de la gran chimenea, en aquel momento apagada y se dispusieron a esperar. El ambiente estaba tranquilo, aunque un poco cargado. La repentina reunión había cerrado ciertas heridas, es cierto, pero era aparente que todavía quedaban algunas abiertas. Sidth, incómodo a ojos vista, habló con un tono vagamente resentido.

—Que sepas que no me olvido de lo de “mi pequeño”. Parece que los años fuera del pueblo no te han metido en la cabeza que hace tiempo que dejé de ser un niño.

Ella respondió con una ceja arqueada y una sonrisa en los labios:

—Cuando me fui tenías diecinueve. No me llegabas a la barbilla y tenías unos hoyuelos monísimos que, por lo que puedo observar, no han desaparecido. Así que no tienes derecho a quejarte.

—¡Eso no importa! —dijo él en voz baja al tiempo que daba una palmada en el brazo del sillón—. ¡Tengo veinticuatro y tú veintinueve pero hablas como si fueras mi madre!

Sidth tenía la cara levemente enrojecida por la indignación y la respuesta de Syln fue echarse a reír. Esta escena fue lo que se encontraron Maren Lonn, Ikln Farr, Jatk Skamp y Rorke Skamp al entrar por la puerta del salón, todos ataviados para salir a la intemperie y ellas armadas con arcos y arpones. Rorke fue el primero que reaccionó.

—Maren nos había dicho que había aparecido un fantasma, pero desde luego no me esperaba encontrarlo flirteando con el pequeño Sidth. ¿No pierdes el tiempo, eh, desaparecida? —comentó con voz socarrona.

Su respuesta fueron una serie de toses y ver a Sidth atragantarse con el aire antes de que su hermano le propinara un guantazo en la coronilla.

—No sé cómo somos hermanos —remarcó Jatk mientras el otro se quejaba débilmente—, no tienes conciencia —volviéndose hacia Syln, el menor de los gemelos la miró seriamente—. ¿Decía Maren que tenías algo que discutir?

Esta se puso en pie e hizo un gesto hacia la puerta.

—Sí, seguidme. Se está haciendo tarde y prefiero que no salga el sol antes de que tengamos que volver.

Syln se colocó la capucha de nuevo y abrió la marcha fuera de la casa, dirigiéndoles por las calles oscuras e ignorando los comentarios de Rorke, que no hacía más que preguntar a dónde iban y quejarse del frío que hacía. El cantante, tiritando en su toga de pieles, parecía haber olvidado que podía solucionar su problema él solo y por decisión unánime y no verbalizada nadie se lo apuntó hasta que no pudieron aguantar más sus quejas. Tras un breve cántico y un suspiro de placer, el grupo prosiguió, esta vez en completo silencio. Las posturas de sus acompañantes solo se tensaron ligeramente al darse cuenta de que les guiaba hacia la Muralla y que, en realidad, su destino estaba más allá.

En la base de la almenara Ikln le agarró del brazo y la hizo parar momentáneamente, mirándola con el semblante serio.

—¿Estás segura de que, para lo que sea que necesitas contarnos, necesitamos atravesar la Muralla?

Advirtiendo la preocupación de sus acompañantes, Syln la miró a los ojos y respondió firmemente:

—Sí.

Tras esa respuesta nadie comentó nada de nuevo y la siguieron silenciosamente escalera arriba. El proceso se complicó ligeramente por culpa de las patrullas, que estuvieron a punto de descubrirles dos veces, pero finalmente llegaron al pie y miraron a la Muralla desde el otro lado. Todos habían estado de patrulla alguna vez a lo largo de la gran construcción pero la vista desde el otro lado, a nivel del suelo, no tenía comparación. Todo lo que veían los ojos era blanco ahí fuera, nieve y hielo dominaban la vista y, si te volvías al pueblo, el contraste con la Muralla de creta era abrumador.

A una señal de Syln y tras haber teñido sus ropas de blanco cortesía de los cantantes, el grupo siguió andando, no en línea recta, sino bordeando la Muralla. Media hora había transcurrido cuando por fin salieron de su campo de visión y se hallaron rodeados por acantilados que desembocaban en estrechos de tierra y nieve. Antaño probablemente estos estrechos habían sido playas pero ahora solo eran una parte más de un paisaje inhóspito y frío. Para los cinco acompañantes de Syln, que nunca se habían alejado tanto del pueblo, o al menos no en esta dirección, era escalofriante. Y aunque ninguno se había quejado de nuevo, se adivinaba un ambiente de impaciencia. Debían de ser las tres de la madrugada y solo tenían tres horas hasta el amanecer. Fuera lo que fuera que Syln estuviera buscando, más le valía encontrarlo deprisa.

Finalmente, esta emitió un sonido de triunfo y paró la marcha.

—Por fin, pensé que me iba a quedar sin pies —dijo Rorke. A su lado Jatk puso los ojos en blanco pero discretamente murmuró una melodía e hizo unos gestos, tras los cuales su postura se relajó visiblemente.

Syln, mientras tanto, se había dado la vuelta y les miraba con expresión seria.

—Antes que nada, necesito que me deis vuestros arcos, Maren, Ikln. Y los carcajs.

—¿Estás loca? —exclamó Maren, cuya voz, una vez fuera del pueblo y libre de la restricción de volumen, se alzó alarmantemente—. ¡Como nos ataquen aquí fuera sin los arcos y los arpones nos masacran!

—Confía en mí, te prometo que no pasará nada —trató Syln de tranquilizarla—. Os juro por mi vida que nadie os hará daño esta noche.

—Con todo respeto, Syln, llevas cinco años sin aparecer por el pueblo desde que desapareciste sin dejar ni rastro, ¿cómo quieres que confiemos en ti? —planteó Ikln.

Tras una pequeña pausa, la susodicha suspiró.

—Técnicamente no tengo nada que os pueda asegurar que lo que digo es cierto. Pero puedo deciros una cosa: la razón por la que me fui del pueblo y por la que he vuelto son la misma, acabar con esta guerra. Y si he vuelto no es por más razón que por que he encontrado la respuesta. Pero no es algo simple y no es algo que nosotros, criados como guerreros, entenderíamos sin muchos dolores de cabeza —explicó ella—. Cuando yo lo descubrí pataleé y me rebelé e hice cosas de las que ahora, sabiendo lo que sé, no estoy orgullosa. Y me gustaría evitaros ese dolor.

Los cinco se miraron entre sí, pensativos, pero Sidth dirigió su mirada hacia Syln casi inmediatamente. Su expresión no había cambiado y les miraba con determinación, seguridad. Sabía lo que estaba diciendo, o por lo menos creía que sabía lo que estaba diciendo. Y si había una cosa que se había prometido en su ausencia era que si volvía, nunca más la dejaría atrás, siempre le daría su apoyo.

—Yo creo que deberíamos hacer lo que dice. Por lo que parece ella no se va a quitar el arco así que en caso de que nos atacasen siempre podría hacer tiempo mientras el resto recogéis los vuestros, ¿no? —argumentó finalmente.

Tras una nueva ronda de miradas, los restantes cuatro asintieron y empezaron a quitarse las armas, que Syln recogió. Antes de que pudiera coger la de Maren, sin embargo, esta le cogió del brazo y la miró a los ojos.

—Como nos ataquen y le pase algo a Ikln te juro que te rajaré el cuello y danzaré sobre tu cadáver.

Syln asintió y se llevó su arco también, que dejó en una pila a unos cinco metros del grupo. Se dio la vuelta.

—Lo que voy a hacer ahora os confundirá y probablemente penséis que os he engañado pero os juro que mantengo mi palabra. Lo único que os pido es algo de paciencia y que no saltéis a por los arcos inmediatamente.

Una vez terminado su discurso y sin esperar a que reaccionaran, Syln se metió los dedos en la boca y expulsó aire con ímpetu, aparentemente no haciendo ningún sonido. Los cantantes, sin embargo, sí que habían oído algo y el sonido era tan agudo que se taparon los oídos a la vez con quejidos de dolor. Syln les pidió perdón con la mirada pero no se movió del sitio, esperando algo.

Ese algo no se hizo de rogar y de repente el suelo a sus pies empezó a temblar. Fue con horror que se dieron cuenta de que no estaban sobre la arena de una antigua playa cubierta de nieve, sino en el borde de una entrada al nivel del mar. Detrás de Syln, no muy lejos de donde estaban sus armas, ya no había roca, sino hielo. Y este se estaba fracturando. Y levantando.

De las profundidades del mar surgió primero lo que parecía una coraza negra de creta doblada, después escamas negras, cuatro patas de ancho como un ser humano de lado a lado y, finalmente, una cola larga y musculosa que hizo retumbar la tierra cuando por fin se dejó caer sobre ella. Dos ojos prácticamente sin iris se fijaron en el grupo y la bestia se sentó en la superficie como un perro de presa.

Era un dragón de mar. Syln les había traído un dragón de mar, la misma bestia que los estaba masacrando lentamente y para quien se había construido la Muralla, hace ya doscientos años.

—Hola, humanos —dijo una voz sibilante que les sacó de su estupor.

El dragón hablaba.

—Esta es Freate —dijo Syln como si estuviera presentando a una guerrera de otro pueblo y no una bestia come-hombres. Todos habían visto sin problema las dos hileras de colmillos que asomaban cuando respiraba—. No es peligrosa. Bueno, lo es, pero no os atacará, no tiene razón para ello.

—¡¿Ah, no?! —exclamó Rorke prácticamente catatónico—. ¡Supongo que entonces podemos acariciarla tranquilamente Y NO NOS COMERÁ! ¡Syln, eso no es un perro! —Jatk asintió lentamente, estupefacto.

Un retumbar como de risa que hizo que Rorke se encogiera sobre sí mismo se oyó en el aire. El cantante estaba acostumbrado a estar detrás, bien pertrechado en la Muralla y lejos de cualquier dragón, no cara a cara con uno.

—Tus amigos humanos son divertidos, Jinete, me alegro de haber venido.

Syln esbozó una sonrisa y apoyó una mano contra la pata delantera, demostrando que no iba a pasar nada por que se acercaran. Nadie hizo el menor movimiento y ella suspiró.

—Os dije que había encontrado la manera de acabar con la guerra. Bien, esta es. No, no, déjame acabar —con una palma elevada acalló a Maren y pidió silencio. Sidth estaba blanco como la nieve y todavía no había dicho palabra—. Los dragones no nos atacan porque sí, tienen una razón. Si les damos lo que quieren dejarán de atacar.

—¿Lo que quieren? ¿Y eso qué es? ¿Comida? —preguntó sarcásticamente Ikln, rígida.

—No. Lo que quieren es calor. Pero no calor de la superficie. Quieren volcanes —se apresuró a explicar—. Los dragones de mar necesitan un calor descomunal para incubar sus huevos, si no las crías resultan no natas. Antiguamente los dragones paseaban por el continente sin problemas y cuando ya habían dado a luz se llevaban a las crías a temperaturas más frías. Hace doscientos años, sin embargo, alguien les convenció de que los humanos ya no les querían en sus tierras y cuando llegaron a la orilla se encontraron con la Muralla.

—Pero… la Muralla se construyó para detenerles —argumentó Sidth suavemente.

—Ahí está el problema. Eso es lo que nos han contado pero al otro lado del mar la historia es muy diferente —defendió Syln con convicción—. Cuando los dragones vieron la Muralla montaron en cólera. No había razón para que los humanos se enemistasen con ellos de repente pero lo cierto es que les habían cortado la única vía que conocían para llegar a los volcanes. Por eso hace doscientos años empezó la guerra.

El silencio se apoderó del pequeño grupo, parcialmente interrumpido por la respiración de la bestia, que parecía satisfecha con esperar a que los humanos terminasen su conversación.

—Te das cuenta de que lo que estás contando es altamente improbable, ¿no? —dijo finalmente Ikln—. Y de que, en caso de que te creyéramos, ¿sería imposible que el Consejo aprobara esta versión de la historia e incluso todavía menos probable que hicieran algo al respecto que no fuera matar a esa… a ese dragón?

—Freate —apuntó esta amablemente.

— …Freate. De todas formas, si esto fuera cierto, ¿de quién sería la culpa? Si no hay un culpable nadie te hará caso.

—El que construyó la Muralla y les dijo a los dragones que los humanos les habían declarado la guerra —intervino Sidth.

Lenta y temerosamente pero sin pararse, Sidth avanzó hasta estar delante de Freate y poder mirarle a los ojos. Tras coger aire y expulsarlo con fuerza, miró a Syln.

—No estoy del todo convencido pero si lo que decís es verdad —el dragón se inclinó interesado ante el plural—, tenéis mi apoyo. Es… increíble pero tengo un dragón delante que no está intentando comerme y que lleva armadura. Los dragones no llevan armadura. Así que… supongo que podéis contar conmigo.

El dragón volvió a su posición inicial y tras un momento de silencio emitió un gruñido satisfecho.

—¿Este es tu vínculo, Jinete?

—Sí —dijo Syln con orgullo, extendiendo una mano y cogiendo una de las de Sidth, que todavía temblaban.

—Hum… es un poco escuchimizado pero le doy mi aprobación —la bestia agachó la cabeza y tocó suavemente con ella la del cantante—. Toda familia de mi Jinete es mi familia también. Y para nosotros la familia lo es todo.

Las otras dos parejas, que observaban los acontecimientos en silencio, se dirigieron miradas y finalmente Maren se pronunció.

—En fin, supongo que no perdemos nada por escuchar un poco más, todavía queda algo de tiempo. Pero como algo empiece a oler mal, nos largamos —advirtió.

Syln sonrió.

—Entendido.

* * *

«Dime, ¿te has preguntado alguna vez si hay algo más que dragones más allá de la Muralla? Algo más allá del hielo y los acantilados, algo más que combatir día a día. Yo sí. Sueño con un día salir de aquí sin necesidad de un arco y un arpón y poder surcar los mares, o volar por ellos, y encontrar cosas maravillosas.»

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1 thought on “Más allá de la Muralla (Windumanoth)”

  1. Es muy interesante, y difícil, cómo en un texto tan corto das una idea de otro mundo, contexto y situación, con tan pocos trazos que apenas se puede ver una forma definida. Y claro, te quedas con ganas de unir los puntos y ver la imagen al completo. El origen lo dejas caer, unos detalles nimios para darle vida a un mundo, un pasado. El presente lo relatas con referencias a otro pasado, más reciente esta vez pues es el de los personajes. Y el futuro queda en el aire. Da gusto leerlo, pero a la vez es un poco tortura no conocer nada más.

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