Medianoche

Hace mucho mucho tiempo, en un país muy muy lejano, vivía un príncipe muy especial llamado Medianoche. Medianoche era el príncipe de su gente, Los Sin Forma, unas criaturas muy pacíficas y muy diferentes unas de otras. Había Sin Forma que eran humanos y otros que eran duendes, otros hadas, otros seres del bosque e incluso gatos o perro. Ellos utilizaban sus poderes para estar con la persona con la que amaban de forma que si uno de ellos se enamoraba de alguien diferente a ellos, podrían cambiar para estar juntos. La madre de Medianoche, la princesa de aquel entonces, había quedado enamorada de un caballo muy hermoso y audaz que le había salvado la vida, así que, para estar con él, se convirtió en una yegua. Gracias a esto, Medianoche tenía la forma de un caballo y, según decían sus gentes y sus padres, era el caballo más hermoso que jamás había existido.

Medianoche tenía las crines de color negro azabache y su pelaje era del mismo color, refulgiendo con los rayos del sol. Sus patas, sin embargo, eran blancas como la leche, exactamente igual que su hocico, y entre las orejas tenía un parche del mismo color que le bajaba hasta los ojos grises. El príncipe se contaba afortunado pero aún así no podía esperar a encontrar la persona especial de la que se enamoraría. Él solo esperaba que fuera amable, y se pasaba las horas pidiéndole permiso a los Reyes para que le dejaran ir a buscarla.

Finalmente las plegarias de Medianoche fueron atendidas y por su diecisiete cumpleaños los Reyes le dejaron ir de viaje con la condición de que si se enamoraba, volviera inmediatamente a presentarles la persona que había escogido. La Reina, sin embargo, le dijo que tuviera mucho cuidado con los bandidos, pues se decía que los caminos estaban llenos de ellos.

Muy contento, y lleno de energía, Medianoche dejó su reino y sus praderas atrás y decidió encaminarse al reino más próximo, el cual decían que tenía bosques tan grandes que te perdías en ellos y lagos tan profundos que los más maravillosos peces habitaban en sus aguas.

Nada se interpuso en su camino durante dos días, ni siquiera cuando cruzó la frontera entre los reinos, y tampoco tuvo problemas para encontrar comida o agua, pastando en las orillas del bosque y bebiendo de las aguas de los grandes lagos. Al tercer día, sin embargo, algo lo distrajo, y, silenciosamente, se acercó al camino que hasta entonces había evitado. Por entre los árboles logró vislumbrar un grupo de cuatro humanos fornidos que rodeaban otro más joven. El joven acorralado tenía los cabellos de cobre y sus ojos eran dorados como el alba más clara. Además, parecía algo asustado, aunque su mano descansaba en una espada.

Rápidamente, Medianoche decidió ayudarlo y, sin pensarlo siquiera, salió desde detrás de los arbustos en los que se hallaba escondido y galopó hacia los hombres con furia, espantándolos con sus relinchos y sus pezuñas. Satisfecho al ver que ya no iban a volver, Medianoche se dio la vuelta y se dirigió hacia el joven humano al que había salvado. Este, que había sacado la espada para defenderse, la guardó de nuevo al ver que Medianoche no trataba de atacarle y se acercó con cuidado.

–Muchísimas gracias, noble caballo, me has salvado la vida, aunque no me queden muchas de mis pertenencias –Medianoche asintió con la cabeza, claramente complacido al haber hecho un buen trabajo.

–Me llamo Tieren y soy el príncipe de este reino. ¿Tal vez quieras volver conmigo a mi castillo? Los bandidos espantaron mi montura y ahora no tengo cómo volver –preguntó el príncipe.

Medianoche, sorprendido de que el humano que acababa de salvar fuera un príncipe igual que él, se encontró considerando la propuesta cuando normalmente se habría negado a ser una simple montura. Finalmente, asintió, y cambió de postura para que el príncipe pudiera subirse a su grupa.

Juntos emprendieron el camino a la capital, donde estaba el Palacio Real, y por el camino el príncipe Tieren no dudó en hablar con Medianoche con el mismo respeto con el que trataría a un ser humano, hecho que hizo que se ganara el respeto del otro príncipe y que se sintiera muy contento de haber salvado a una buena persona.

A su llegada sirvientes salieron a recibirlos y el Rey acudió en persona a ver qué había pasado con su hijo, por el cual estaba muy preocupado. La respuesta que este le dio pocos la habían previsto.

–Me dirigía a las tierras del este cuando un grupo de bandidos me atacaron. Uno de ellos se llevó mi montura y mis alforjas y los otros cuatro estaban a punto de matarme cuando este maravilloso corcel salió del bosque y los espantó. Él me ha traído aquí y, si quiere, me gustaría que viviera en los establos de Palacio.

Medianoche, que había quedado encantado con la belleza del palacio, enseguida asintió con la cabeza y le tocó el hombro con el hocico para demostrar que estaba de acuerdo.

–Muy bien, hijo. Pero tú tendrás que cuidar de él y deberá ser útil de alguna manera. ¿Quizás podría ser tu montura personal, puesto que perdiste la tuya? –sugirió el Rey, mirando cautelosamente a Medianoche, quien parecía ser muy inteligente.

–Si él acepta, lo será –respondió el príncipe.

Y eso fue todo. A partir de entonces Medianoche vivió en los establos de Palacio, donde el príncipe Tieren acudía a visitarle a diario. Juntos pasaron muchos días y con el tiempo, Medianoche descubrió que el príncipe humano tenía muy buen corazón y que trataba a todo el mundo con respeto y con cariño. Y según pasaban los días, descubrió que se estaba enamorando de él.

–¿Sabes qué? –le preguntó el príncipe un buen día después de haber estado galopando por los jardines–. Ayer me di cuenta de que no te había puesto nombre, noble corcel. ¿Tal vez podrías ayudarme?

Medianoche relinchó y asintió con la cabeza, esperando a que el príncipe le diera sus sugerencias. No quería cambiar de nombre, pero puesto que no podía hablar, debería dejar que él lo averiguase por sí solo.

–Tal vez… ¿Tormenta?

Medianoche sacudió la cabeza con espanto. ¡Ese era nombre de mujer!

–No, ¿eh? Bueno, ¿qué te parece Fuego Negro entonces?

Medianoche volvió a sacudir la cabeza.

–¿Estrella Nocturna? ¿Temerario? ¿Veloz?

Medianoche seguía sacudiendo la cabeza de lado a lado, un tanto descorazonado al ver que el príncipe no conseguía dar con su nombre.

–¿Luna Llena? ¿Medianoche?

¡Ahí! ¡Ahí estaba! Medianoche soltó un relincho al mismo tiempo que saltaba sobre sus patas traseras para señalar lo contento que estaba. El príncipe rió, encantado.

–Medianoche entonces –aceptó el príncipe.

Pero los tiempos seguros y felices no duraron mucho. Al mismo tiempo que el amor de Medianoche por el príncipe crecía también lo hacía su incertidumbre. Por alguna razón, Medianoche no conseguía cambiar de forma y convertirse en humano. Medianoche lo intentaba y lo intentaba pero por mucho que quisiera seguía siendo un caballo y si no conseguía convertirse en humano no podría estar con el príncipe. Nada le daba más miedo que la posibilidad de que el príncipe Tieren se enamorase de otra persona solo porque él no podía volverse humano.

El príncipe, por su parte, estaba cada vez más preocupado por Medianoche, que parecía muy deprimido y nada de lo que hiciera conseguía que se animase. Además, su padre, el Rey, no dejaba de decirle que como quedaba poco para que cumpliese dieciocho, debería encontrar pronto alguien con quien casarse y por mucho que Tieren lo pensara no daba con nadie que le satisficiera.

Una noche, aprovechando la oscuridad y la hora tardía, un intruso se coló en Palacio. El intruso estaba cubierto de arriba a abajo en ropajes negros y llevaba un puñal y una espada. Confiado en que a aquellas horas de la noche estarían todos durmiendo, el intruso entró por los establos, despertando sin darse cuenta a Medianoche. Este, que se había pasado todo el día anterior deprimido, enseguida se dio cuenta de que algo malo pasaba y trató de seguir al intruso pero se topó con un problema: al ser un caballo, las puertas eran demasiado pequeñas para que él entrase cómodamente y, una vez entrase en el palacio, sus pezuñas harían mucho ruido en los suelos de piedra. Desesperado por el miedo de que algo le pudiese pasar al príncipe, Medianoche empezó a dar vueltas por el establo muy agitado, tratando de dar con una solución, cuando, de repente, el mundo a su alrededor dio un vuelco y se encontró en el suelo.

No sabiendo muy bien lo que había pasado, Medianoche se arrastró hasta un cubo de agua, pensando que se había torcido una pata, y lo que allí encontró le sorprendió tanto que de su garganta brotó un ruido extraño que despertó a los demás caballos. Su reflejo ya no era el de un hermoso caballo negro, sino el de un joven humano de cabellos azabache como la noche y ojos grises. Por fin lo había conseguido, ¡era humano!

Temblando como un potrillo recién nacido, ya que nunca había andado sobre dos patas, Medianoche consiguió ponerse en pie y, con determinación, se dirigió a detener al intruso. Sin saber muy bien por dónde quedaban los aposentos del príncipe, Medianoche decidió buscar a un guarda y pedir ayuda. Al llegar a la entrada del Palacio sus piernas le ardían pero estaba determinado a cumplir su cometido. Por fin, un guarda salió a su paso y Medianoche se derrumbó en el suelo.

–¡P-por favor! ¡A-ayuda! –tartamudeó Medianoche, que nunca había hablado–. ¡Int-truso! ¡P-príncipe! ¡Ayuda al príncipe!

Entre muchos esfuerzos, Medianoche consiguió hacerse entender y el guarda lo dejó donde estaba tirado en el suelo para ir a buscar refuerzos. Medianoche, por su parte, que nunca había pensado que caminar con dos patas de menos sería tan difícil, acabó acurrucándose en el suelo y se durmió de cansancio.

A la mañana siguiente cuando Medianoche se despertó, encontró que se hallaba cubierto por una cálida manta en una cama muy espaciosa y que, en una silla al lado de la ventana, había alguien sentado. Era el príncipe Tieren, que lo miraba con una sonrisa y Medianoche, algo avergonzado, se la devolvió tímidamente. Sin embargo, enseguida se acordó de lo que había pasado la noche anterior y le preguntó al príncipe qué había pasado. Este le dijo que habían atrapado al ladrón y que se sentía muy agradecido con él.

–Sin embargo, hay algo que me intriga –le dijo el príncipe–. Me sois familiar pero estoy seguro de que nunca os he visto antes. ¿Tenéis alguna idea de porqué?

Medianoche, que no sabía muy bien cómo explicar las cosas, decidió dejar que el príncipe lo adivinara por sí mismo.

–Mi nombre es el mismo que el de uno de los caballos de su cuadra. Si lo adivina, le contaré mi historia.

El príncipe, intrigado por el joven que le había salvado la vida y que era la persona más hermosa que jamás había conocido, enseguida empezó a decir nombres.

–¿Modesto? ¿Capitán? ¿Esperanza? ¿Matalobos?

Medianoche negó la cabeza una y otra vez y, como sabía que el príncipe acabaría por usar su nombre, se limitó a esperar.

–¿Albino? ¿Medianoche?

Medianoche asintió con energía y, tal y como había prometido, le contó al príncipe su historia.

Según avanzaba Medianoche en el relato, el príncipe se dio cuenta de que el caballo en que tanto confiaba y que tanto quería era también el misterioso joven que le había salvado la vida la noche anterior y, emocionado, le pidió que siguiera siendo su amigo y se quedara a vivir en el palacio. Medianoche aceptó y le pidió al príncipe que mandara un mensaje a sus padres para informarles de todo lo que había pasado y para asegurarles de que se encontraba bien.

Medianoche recibió una habitación cerca de la del príncipe, lo cual le venía muy bien para que este le echase una mano enseñándole a caminar, a hablar, y para que ambos hicieran travesuras y se colaran en la habitación del otro en plena noche. En dos meses, Medianoche era tan querido por la gente de palacio como el propio príncipe y nadie dudaba al verlos juntos que estaban hechos el uno para el otro.

Medio año después de conocerle el príncipe pidió a Medianoche que se casase con él y el chico, saltando de alegría, aceptó. La boda se celebró en el prado donde Medianoche había crecido y acudieron invitados desde todas las ciudades del mundo. Sus padres estuvieron presentes también y Medianoche decidió que nunca antes había sido tan feliz.

Fin.

Anuncios

2 comentarios en “Medianoche

  1. Madre mía, este relato si que es imaginativo. Me ha gustado mucho tanto por la temática algo fantástica de los Sin Forma, como por el hecho de que al final los dos príncipes acaben juntos.
    Se me ha hecho en cambio un poco predecible, quiero decir que desde el inicio pensé que eso pasaría, o a lo mejor simplemente quería que pasase 😉

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s