Una historia de samuráis

Mi nombre es Asami Kurosu y, aunque no siempre hice este trabajo, vivo y trabajo actualmente en un burdel. Antes de que os precipitéis en vuestras conclusiones, es mi deber informaros de que mi tarea en este lugar es la de un simple limpiador. No hago este trabajo porque me guste, ni porque haya sido mi ilusión suprema en la vida, sino por sobrevivir. Por simple y único instinto de supervivencia. A veces se requieren mis servicios para echar a clientes indeseados del local y de esa manera me gano algo de dinero extra. Es así como, de hecho, he conseguido el dinero para comprarme este rollo, un pincel y la tinta con la que escribo. He decidido contar mi historia.

Mi nombre no siempre fue Asami Kurosu. En el pasado, cuando todavía tenía una familia, mi nombre fue Asami Karahara, hijo mayor y sucesor del cabeza del clan Karahara, nobles samuráis del más alto honor. Y yo, aunque suene muy poco modesto, era el mejor de todos. Entrenado por mi padre de manera estricta y continua llegué a ser el mejor hombre de todo el clan. El único agujero que tenía era mi personalidad. Debo confesar que siempre he sido demasiado poco serio para mi propio bien, en los combates nunca flaqueaba pero lo que hacía fuera de dojo era estar siempre de fiesta, siempre bromeando, siempre eludiendo lo que debía hacer.

Por aquél entonces tenía un amigo cercano, Izumi, que era más serio que yo pero también se divertía conmigo. Era mi compañero de correrías y, a la vez, el que se aseguraba de que no pasase demasiado tiempo ocioso. Era más que mi amigo era mi hermano de espada, mi compañero en el combate, era como alguien de mi propia sangre y carne. Una tarde en que debíamos pasar el día de guardia Izumi vino a mí muy agitado diciéndome que había escuchado una conversación muy sospechosa entre dos hombres del clan. Izumi los había pillado doblando una esquina pero se tuvo que esconder para que no le vieran a sí que no pudo reconocerles por el rostro, pero sabía que sus voces le sonaban muy familiares. Según él, aquella noche iba a tener lugar un intento de robo en la casa principal. Trabajarían en las sombras y evitarían disparar las alarmas y producir heridos o muertos pero no se echarían atrás ante nada. Discreto pero efectivo.

Ambos, Izumi y yo, sabíamos que la única cosa que merecía ser robada en la casa principal era la espada Karahara, que daba nombre al clan. Un hermoso y terrible acero que había pertenecido al más poderoso cabeza de clan que jamás habíamos tenido, Nobuo Temachi. La espada sólo se sacaba en ceremonias rituales y normalmente estaba guardada en la habitación central de toda la casa, junto a un pequeño patio interior con un lago donde se purificaba antes de los rituales. Decidimos montar guardia en el patio y dar la alarma a la menor señal de vida. Por supuesto, semejante plan debía mantenerse en secreto, pues si no los ladrones podrían escapar y no ser atrapados. Cuantos menos mejor.

Aquella noche montamos dos guardias en silencio, escondiéndonos entre las sombras. Nada pasó hasta las 3 de la mañana, cuando me tocaba ir a por Izumi para cambiarnos las posiciones. Una sombra armada se deslizaba por la pared, probablemente sin haberme visto, en dirección a la habitación de la espada. Lentamente, saqué mi propia arma y di gracias al cielo de que la había limpiado a fondo aquella mañana, por lo que casi no hizo ruido. Aceché a la sombra y, justo cuando esta estaba apunto de abrir la puerta, ataqué. Logré pillarlo por sorpresa pero era un buen guerrero y pudo pararme, forcejeamos unos instantes y, cuando nuestras espadas se alejaron unos segundos, di la alarma antes de volver a atacar. Esto le sorprendió y se colocó en posición defensiva pero yo no estaba dispuesto a dejarle escapar. Era fuerte, y rápido, pero no lo suficiente. Dos estocadas más y le alcancé. Cayó al suelo en silencio y yo paré para recobrar el aliento. La alarma se había extendido por toda la casa y se oían gritos desde todas las direcciones.

Pensé, iluso de mí, que todo se había acabado ya. En el momento en que me volvía para recibir a mis compañeros de armas otra sombra me atacó desde atrás y me puso su propio filo en la garganta. Se quedó así, quieto, sin moverse.

“No sé qué pretendes pero no te saldrás con la tuya” le dije.

“Oh, no te preocupes por eso, ya lo he hecho” fue su respuesta.

Me lo susurró al oído, lo bastante bajo como para que la gente que entraba en el patio interior no lo oyera pero yo sí. Y reconocí su voz. Izumi.

Fui condenado esa misma noche. Izumi expuso ante mi padre que llevaba un tiempo encontrándome de un humor extraño y había empezado a sospechar. Decidió averiguar qué pasaba y, en caso necesario, detenerme.

Yo intenté defenderme, expuse mi versión de los hechos, pero Izumi dijo que no era más que un mentiroso que aquella noche había derramado mi propia sangre. Para horror mío, aquel hombre que había matado, era mi primo, Sakae, con quien dijo Izumi que había resuelto seguirme. Era él, de eso no había duda, pero nadie quiso escuchar nada más de mí después de aquello. Me quitaron mi querida espada, me despojaron de mi apellido y de mi honor, y me convirtieron en un ronin, un samurái errante. Solo que, a diferencia de todos los que conocí más adelante, yo no tenía mi arma.

Han pasado más de dos años desde entonces y yo ya vivo muy lejos de mi ciudad natal. Me di un nuevo apellido y decidí reconstruir mi vida. Puede que ser el asistente de la limpieza de un burdel y guardaespaldas esporádico de las mujeres que viven y se ganan la vida en él no sea muy honrado pero por algún sitio se debe empezar, ¿cierto?

Asami Kurosu

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