Yo no fui – Capítulo 2: Felicidad

En esa prisión nunca se ve la luz del día. Azkaban no es un lugar al que uno vaya a divertirse, ni mucho menos a pudrirse olvidando la causa de porqué está allí. Azkaban vive su vida en una noche eterna, llena de miedo y desesperación, llena de dolor y tristeza, llena de cualquier cosa que no sea cálida y amable. El frío se te mete en el alma y no es de ese que se desprende de las paredes precisamente del que hablamos, ese frío es casi inofensivo. Porque todos los presos de Azkaban conocen muy bien la causa de sus desvelos y de los sentimientos que los mantienen encarcelados. Saben que podrían dejar las verjas de las celdas abiertas perfectamente y los presos no se moverían de donde están. Temen demasiado a sus carceleros como para poner un pie fuera de ese cambio de piedras que indica dónde acaba una celda y empieza el pasillo.

Pocos presos mantienen la cordura entre esas paredes sin esperanza y aquellos que lo hacen son o los más malvados, los que se regocijan en todos y cada uno de sus malos recuerdos sin darles la espalda sino abrazándolos con amor, y los que acaban de llegar. Y todos allí saben que los recién llegados no duran mucho.

Sirius Black es un de los que todavía no se ha vuelto loco, o no del todo. Eso piensa él. No es ni de los malvados ni de los que llevan poco tiempo en la prisión, los tres años que no ha contado le pesan en los huesos y en la sangre. Esa sangre Black, esa. Su sangre por mucho que no lo quiera. Ha descubierto que puede sumergirse en recuerdos medianamente felices cuando los dementores no están a menos de dos metros de su celda, no pasa a menudo pero cada vez que ocurre no duda en aprovechar la oportunidad.

Los recuerdos que convoca deberían ser felices, y son felices a su manera, pero por suerte para él todos los recuerdos que tiene están teñidos por una amargura que los mancha y los camufla a los ojos -si podemos decirlo así- de los dementores, de manera que no los reconoce. Sirius da las gracias a cualquier cosa que se le pase por la cabeza por que los asquerosos seres no piensen en sus recuerdos como felices. Aunque es normal, él tampoco lo hace.

La última vez que accedió a uno de esos recuerdos prohibidos y deliciosamente dolorosos y torturadores fue una noche de tormenta. Son deliciosos porque los ama, dolorosos porque ya no están y torturadores porque por mucho que los rememore y estos le dañen no puede dejar de verlos, de volver la mirada atrás en el tiempo.

Se acuerda de una calurosa tarde de junio en que decidió seguir discutiendo con la pelirroja novia de su amigo James. Para ellos era normal estar así, Lily no tenía un carácter tímido ni calmado que la hiciera bajar la cabeza ni ignorarle cada vez que soltaba una chorrada. Lily era una leona que plantaba cara y que, muy a la misma manera de los cuatro tontos con los que solía ir, acostumbraba a responder provocación con provocación, broma con broma y chorrada con chorrada. Sólo que ella era más lista, más astuta, que cualquiera de los otros cuatro. Hecho que James solía remarcar y que Sirius solía ignorar, porque nunca en su vida iba a reconocer que la adorable pelirroja eramáslistaqueél.

Todo empezó, como siempre, en la casa de los Potter. Era el último verano que pasarían esperando a volver a Hogarts, el verano de sus 16-17 años, como lo llamaba James. Sus padres habían decidido hacer una escapada romántica durante una semana y, tras asegurarse de que dejaban a alguien responsable a cargo del resto de cabezahuecas, se fueron dejándolos solos. ¿Quién fue la lista en medio de la panda de inútiles? Lily, obviamente. Ninguno de sus otros cuatro amigos sabía hacer siquiera un huevo. Bueno, a excepción de Remus, el cual era el único al que le dejaba meter la nariz en la cocina cuando era hora de cocinar.

James, Sirius y Peter aceptaban de buena gana que la única mujer fuera la que cocinara y se dedicaban a tareas más importantes mientras esperaban con ansia a que mamá pata les diera de comer. Como volar, jugar a los naipes explosivos, retocar el Mapa del Merdeador para añadirle cosas más chulas, discutir sobre tal o cual profesor, tal o cual asignatura, quejarse de los deberes, terminar los deberes en tiempo récord porque los cabezahuecas estrella se habían picado -Sirus y James, por supuesto- a ver quién era más rápido y consolar y ayudar a Peter con los suyos cada vez que se sentía perdido porque iba demasiado lento. También ocupaba gran parte de su tiempo pensar qué chorradas les haría hacer Quejicus cuando empezara el curso y cómo iban a contrarrestarlas.

Eran chorradas que hacían ente los tres mientras Remus y Lily cocinaban y precisamente porque eran chorradas las hacían. Las discusiones importantes eran para cuando estaban los cinco, para cuando ninguno podía perderse una sola palabra.

Aquella tarde no estaban hablando de nada. Lily acababa de salir de la cocina, toda orgullosa, con dos fuentes enormes de pasta con salsa italiana y Remus iba detrás con una gran ensaladera llena hasta arriba de lo que parecía lechuga, tomate, atún, queso, tomatitos, aceitunas, puerro, aguacate, patatas, brotes de soja y maíz. Sirius se relamía los labios y hubiera empezado a comer ya si no fuera porque faltaba el pan. Sirius comía pan y si no había pan podía estar horas quejándose de que no le alimentaban bien.

El pan fue servido y todos empezaron a comer. Todo iba bien con la pasta pero entonces Sirius empezó a echarse cantidades industriales de ensalada y, cuando la probó, hizo una mueca que sólo podía traducirse como ASCO INFINITO.

¿Qué demonios…? ¿Qué lleva esto, a qué demonios sabe? Está asqueroso.

Mientras Sirius se metía tanto una servilleta en la boca que parecía que se la iba a comer, James miró hacia un lado silbando para que no se le notase que instantes antes había estado flipando en colores y para que se le notase que él no tenía nada que ver con aquello, que a él le estaba todo muy bueno. Se metió un pincho de ensalada en la boca sólo para demostrarlo. Remus miraba a Sirius como compadeciéndole y Peter estaba… temblando. Más o menos. Trataba de comer para que no se le notara.

–Oye, Lunático, ¿qué demonios le has puesto a la ensalada? Creo que podría cortarme la lengua sólo por quitarme el mal sabor de boca.

Sirius miró a su amigo esperando una respuesta y este negó con la cabeza.

–Esa cosa tan asquerosa que lleva MI ensalada se la he puesto YO, Sirius –dijo entonces Lily, que se había cruzado de brazos.

–Ah… eh… yo… –empezó Sirius.

–Si vas a decir todo el abecedario te lo puedes guardar, Black, y si no te gusta mi ensalada lo dices. No lo escupes.

Sirius se preguntaba en ese momento porqué demonios no había sido Remus el que había hecho la ensalada ese día. La ensalada era su terreno, ¿qué coño hacía saliéndose de su terreno?

–No, si no me parece tan mala, Lily, en serio. Mira, me la puedo comer.

Se arrepintió al instante de lo que se llevó a la boca porque la cara de asco que había puesto rivalizaba con la anterior. Y eso era mucho decir. Se la podía haber ahorrado.

–Sí, ya veo. Dime, ¿prefieres comer ensalada o pasta?

La mirada de la pelirroja era peligrosa y Sirius decidió que era mejor no mentir y arrastrarse por el suelo.

–Pasta.

Los ojos de Lily brillaron como si les hubiera dado brillo.

–Muy bien, pues solo vas a comer pasta de aquí a dos días, Sirius Black, hasta que aprendas a preguntar qué demonios es el vinagre y cómo decir que no te gusta una comida. Yo que tú aprovecharía, no te imaginas la poca pasta que queda en esta casa.

Y así fue que Sirius se quedó sin comer dos días por su afrenta a la pelirroja. Dos días, sí. Sirius, que llegaba a la mesa y prácticamente se comía él solo tres cuartos de lo cocinado para cinco personas. No fueron pocas las veces que trató de convencer a sus otros amigos de que le alimentaran, aunque fuera un poco, pero sus súplicas tuvieron muy pocos resultados.

James, como le contó su amigo, había sido amenazado con quedarse sin ciertas partes de su anatomía que le aseguraban que si Lily tenía hijos algún día no serían suyos si se atrevía a darle un solo mendrugo de pan. Remus estaba de acuerdo con Lily así que consideró el castigo adecuado y sólo una vez, una miserable vez en que la novia de su amigo no miraba, le dio a Sirius un cacho del chocolate que se estaba comiendo en aquellos momentos. Por mucho que Sirius se humilló e hizo cabriolas cual cachorro no le dio nada más. Y Peter… Peter estaba fuera de la cuestión desde el principio, ni siquiera llegaba a la alacena y cada vez que quería algo de la cocina tenía que pedírselo a Lily porque tampoco sabía cocinar. Un día casi había volado el horno preparando una sopa al ausentarse la chica con Remus por ir a comprar un par de condimentos. Tenía hambre pero no llegaba a las galletas y Sirius y James estaban dormitando en el salón tirados en el suelo. Cualquier interferencia le hubiera costado mínimo la muerte.

Sirius se acuerda de cómo Lily le perdonó y le volvió a dar de comer después de disculparse con la botella de vinagre, que era lomásasquerosoquehabíaprobadoensuvida pero MerlínlesalvasededecírseloaLilydenuevo.

Black oye y siente que los dementores se acercan y, despacio, con reticencia incluso, se desprende de esos recuerdos tortuosos para sumergirse en ese mantra que le da la vida y le mantiene con cordura. Porque sólo hay una cosa que le sostiene y no son esos recuerdos. Esos recuerdos en los que la felicidad se mezcla con la amargura el dolor y la tortura. Porque la felicidad de un momento sólo se puede medir por el dolor que te causa recordarlo.

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