Harry Potter, Yo no fui

Yo no fui – Capítulo 4: Obsesión

Black ha tratado de contar los días, las semanas, los meses, los años; pero todo ha sido en vano. No sabe cuánto lleva en esa maldita cárcel, no sabe cuántos años de su vida le han arrebatado sin derecho. No sabe qué ha sido de sus amigos, de Harry, de Dumbledore… Remus, Remus es una de las cosas que más le duelen ahí dentro. Pensar que fue capaz de dudar de Lunático, su Lunático, de ese chico que llegó a Hogwarts esperando ser dejado a un lado y que en segundo dejó de ser un hombre lobo solitario para convertirse, él estaba seguro, en el primer hombre lobo que tenía amigos que sabían quién era, qué era y estaban dispuestos a aceptarlo. Que incluso estaban dispuestos a transformar sus vidas y sus cuerpos por su bien, para que no estuviera solo.

Remus es una de las cosas que más le duelen y a menudo se pregunta si su viejo amigo cree en su inocencia o en la de Peter. Ese maldito bastardo seguro que vive lejos de todos ellos, bien acompañado y haciendo ojitos a todo bicho viviente para que le proteja. Al fin y al cabo, eso eran Remus, James y Sirius para Peter: sus protectores. Nunca sus amigos. Y es curioso porque cuanto más tiempo está en prisión y sin otra cosa que hacer ni nadie con quien mantener una conversación fuera de la locura, encuentra que entiende a Peter más que nunca. Siempre pensó que era un niño solitario que apreciaba tener amigos. Ahora sabe que Colagusano nunca fue nada más que un parásito. Se agarró a ellos todo lo que pudo y más, aprovechándose de su fuerza, de su liderazgo, de sus ideas y de sus ideales, construyendo con esos ladrillos los pilares de su traición.

Y Black duda que en lo que le queda de vida pueda salir de Azkaban y romperle el cráneo al malnacido ese. Se siente hasta capaz de usar la maldición Cruciatus con él y no cree que se arrepienta. Aunque primero tendría que encontrarle, algo que sabe que sería casi imposible.

Es en una tarde de verano que Black no reconoce como tal que el destino le demuestra que está equivocado, que todavía puede salir de allí y encontrar a Peter. Y matarlo.

La maravillosa revelación llega de la mano de Fudge. El hombre es un fiasco como Ministro de Magia y Black casi se siente afortunado de estar allí dentro y no fuera en el mundo donde a ese loco puede darle un algo y decidir que la mitad del mundo mágico está conspirando contra él. Casi. Aunque de ser así él contribuiría a la causa sin dudar.

Fudge hace su visita anual a la prisión, con su sonrisa falsa a medias cubierta y descubierta por una pequeña mueca de terror. Nadie escapa a los dementores, ni siquiera el Ministro de Magia, y el solo hecho de compartir su espacio vital con ellos hace que sus labios tiemblen de miedo mientras trata de sonreír como solo los políticos saben hacerlo. Black se reiría de él si se acordara de cómo se hace. Quien sabe porqué, ese año Fudge decide que quiere visitar a Black, a ese homicida al que nadie comprende, a ese loco de atar. Simplemente se planta en su celda con su túnica impoluta, un periódico en un bolsillo, su varita intacta y un taburete prestado. Para los presos no hay taburetes, sólo el frío suelo o la dura cama. Y Black le mira de una manera que le hace estremecerse.

No es que el convicto transmita miedo, ni desesperación, ni miedo. Es que está sorprendentemente lúcido. Black decide que lleva demasiado tiempo sin hablar con nadie con cerebro y que Fudge, por muy inepto que sea, todavía es mejor que su prima Bellatrix, así que habla con él. En su voz se refleja un temblor, signo de que los dementores también le afectan a él, pero los ojos que miran a Fudge están llenos de inteligencia y, quizás, un pequeño destello de rabia controlada. Controlada. La sola idea de que a Black no le afecten los dementores de la manera que deberían aterroriza a Fudge.

Antes de que se marche, Black aprovecha para preguntarle si no podría dejarle el periódico. Lleva demasiado tiempo sin tener uno entre las manos, sin saber qué pasa fuera de esas malditas cuatro paredes, en ese mundo que sabe que está ahí pero que no puede ver. Cuando Fudge sale de la celda Black ya no le mira sino que pasa las páginas de El Profeta con tranquilidad.

Primero se fija en la fecha y hace cálculos. Lleva casi trece años ahí encerrado, lejos de todo lo que en su momento amó y de todos aquellos que en su momento creyeron en él. Una pequeña sonrisa se extiende por su rostro al ver la primera plana y, en ella, a todo el clan Weasley. Cuando Sirius fue arrestado y metido en esa celda Arthur y Molly solo tenían tres hijos, ahora parece que están tratando de repoblar el planeta. Sus ojos se pasean por la fotografía, recorriendo las caras de todos y tratando de adivinar quién es quién, desde Bill y Charlie a la pequeña Ginny. Le tiemblan las manos de furia cuando ve que uno de los más pequeños, supuestamente Ron, tiene una rata en el hombro.

Peter.

Ni siquiera allí, en Egipto, puede evitar tener a uno de sus hermanos aguando las fiestas. Black bufa y, de repente, se pone rígido. Se acerca más la hoja a la cara y trata de enfocar los ojos. No puede ser. Pero sí. Lo es. Es él.

Peter.

Peter Pettigrew.

Colagusano.

Black se estremece de rabia cuando comprende que lo que está viendo no es una imaginación de su no poco demente cerebro, sino la realidad. Peter ha sobrevivido todos esos años y está con los Weasley. Con Arthur y Molly. Cerca de sus hijos. Otra cosa le llama la atención, un nombre en la noticia, y esta vez parece que está preparado para hacer trizas el papel.

Harry Potter.

Ron Weasley es el mejor amigo del hijo de James y Lily.

Y Colagusano está con ellos.

Un jadeo ahogado sale con dificultad de su agarrotada garganta y Black siente que su cabeza va a explotar. Ya está, eso es, eso es lo único que hacía falta. No puede quedarse más tiempo allí dentro sin hacer nada. Tiene que escapar de allí ese año y apartar a su ahijado de esa rata asesina. No quiere ni imaginar qué pasaría de conseguir Peter el coraje suficiente para abandonar su forma animal y hacerse con una varita. El solo pensamiento hace que su cuerpo se estremezca.

Black pasa todo el verano bajo la influencia de Peter. Bajo el hecho de que está vivo ahí, que sabe dónde está, o dónde estará al principio del curso en Hogwarts, bajo el hecho de que Harry estará cerca de él, a su alcance y completamente este ignorante del peligro. Las noches son lo peor, lo ve en sus sueños, persiguiendo a Harry y él sólo puede correr detrás de él en su forma animaga, ladrando y sin nunca alcanzarlo. Murmura en sueños, gime, habla y siempre dice lo mismo: está en Hogwarts. Es una obsesión, la mayor obsesión que ha tenido nunca. Quizá la de que es inocente la sobrepasaría si no fuera porque se han fusionado y ahora Black está más consciente que nunca. Y también más cansado, todas esas emociones le drenan las energías. Junto a los dementores.

Una noche, atrapado en una duermevela intranquila, cambia. Donde antes había un humano acurrucado, un saco de huesos desgarbado y débil, ahora hay otro saco de huesos de pelaje descuidado con ojos vacíos. Es más fácil ser él cuando es un perro y, tentativamente, anda un poco hasta la puerta. Los dementores no parecen haberse dado cuenta del cambio y, casi sin darse cuenta, Black pasa la cabeza entre los barrotes. Mira a un lado y a otro, luego abajo, luego arriba, y empuja. Se siente pasar a través de los barrotes sin problemas, está tan delgado que ni siquiera siente el roce del metal en uno de sus flancos.

Fuera el humano se siente perdido y el perro toma control, anda despacio al principio, luego a un trote pesado, como con miedo, llega a la puerta de la prisión y se detiene. El humano despierta y mira a su alrededor, como dándose cuenta por fin de lo que acaba de hacer. Es libre. Libre. Black saborea la palabra y corre, corre hasta que se acaba la piedra y el mar aparece ante él. Pero no para, no deja de correr, salta, El agua le da la bienvenida y le acoge en sus fríos brazos, patas animales tratan de nadar mientras un solo pensamiento atraviesa su mente.

Está en Hogwarts.

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