After XYZ – Prólogo

PRÓLOGO

Primer sueño

La luz de las farolas inundaba a medias las calles de la ciudad colonial, creando todo tipo de sombras entre las jambas de las puertas y las maderas que sujetaban los pisos inferiores de posadas y bares. Era una noche tranquila, todo lo tranquila que podía ser esa noche en particular en esa ciudad. Había diversión en cada edificio y la gente que salía de cada lugar llevaba una sonrisa estampada en la cara más eficazmente que si se tratara de un sello.

Mujeres altas y bajas, hermosas y un tanto desagradables a la vista, caminaban del brazo de maridos, hermanos y padres, o simplemente de unos labios juguetones conocidos aquella misma tarde. Lo mismo daba que el primer vistazo hubiera sido hacía un par de minutos.

Un edificio en particular parecía realmente lleno y, por la cantidad de muchedumbre que se agolpaba a sus puertas, ciertamente popular. Ahora sólo se oían risas pero minutos antes todavía podía uno escuchar la función sin tener que pagar para presenciarla. Si bien es verdad que no se conseguía la misma calidad de sonido.

-¡Oh, señorito Warren! Por favor, ¡quédese un rato más por una vez! -rogó una voz femenina que prometía algo más que una dulce conversación a la luz de las velas.

El citado caballero lucía una melena ondulada recogida con una tira de cuero y una sonrisa amable con la que trataba de declinar el ofrecimiento. Como todos los hombres allí presentes, su atuendo consistía en unos pantalones largos y una chaqueta de corte elegante, no tanto como para acudir a una boda pero adecuados para asistir a una agradable velada en el auditorio del teatro. Tocándose con una mano el sombrero y haciendo una pequeña inclinación de cortesía, el hombre se despidió de la dueña de tan sugerente voz y de su compañera antes de dar media vuelta y enfilar por la calle llena de gente. Ambas damas suspiraron tanto de decepción como de deseo; por una vez que habían casi conseguido conquistar al soltero de oro de la época…

Se decía mucho del joven Warren, que realmente no lo era tanto, hijo de un gran mercader británico afincado en las costas de Génova. Un gran mercader a juzgar del ojo que había tenido para enviar a su propio hijo a darle el visto bueno a la mercancía que del Nuevo Mundo podían sacar. Y el que John Warren hubiera delegado tarea tan importante en su hijo, un auténtico bohemio que le llamaban algunos, amante de la música y del violín hasta casi un nivel enfermizo, devorador insaciable de toda literatura que cayese en sus manos… daba que pensar. Daba que pensar que quizás el joven heredero fuera merecedor de más confianza de la que parecía. Hecho que se había demostrado con creces.

Christian Warren, el joven de apenas veintinueve años que cruzaba las calles saludando a personajes importantes y a los que no lo eran tanto, no se definiría a sí mismo como “el soltero de oro” de aquellas tierras, pero pocos quedaban todavía que no compartieran esa misma denominación. Los murmullos le seguían a sus espaldas y aunque todos eran buenos, le creaban una fama a base de rumores que a él no le acababa de gustar. Sobre todo cuando insinuaban cosas como que ninguna mujer había tocado nunca su corazón pero que cualquiera que lo escuchase acariciar el violín caería a sus pies sin remedio alguno.

Un suspiro salió de sus labios al venirle a la mente la frase que la mujer del mercader Orlanos le había susurrado el día anterior al oído, pidiéndole confirmación de si la mismísima reina Victoria había llegado a pedirle unos acordes. Ciertos rumores eran increíblemente estúpidos pero la gente no parecía caer en ello con facilidad. Y cuando los desmentías, la mitad iban a parar de nuevo a más oídos desprevenidos que se los volvían a creer, comentando su modestia, mientras los demás devenían en rumores más extraños.

En cierto modo, la dulce noche que hacía ese día de verano era como una bendición para sus oídos, especialmente cuando dejó atrás el grueso de la urbe para internarse por los caminos secundarios que lo llevarían a su casa. Vivía a las afueras, en una gran casa que consideraba demasiado para él, aun cuando le gustase dar trabajo y hospedaje en ella a las gentes del lugar que en otras propiedades serían esclavos pero en la suya sólo criados.

Se aflojó un poco el nudo del pañuelo, que llevaba pegado al cuello, y se maravilló una vez más de la diferencia climática que había en las Indias con respecto a Inglaterra. Ese era otro punto. Muchos lo consideraban por lo que hacía con los esclavos o un santo o un loco. Un esclavo era un esclavo, ¿para qué pagarle? Pero para Christian eran personas y por tanto había que respetarlas. Gracias a esto se había ganado el afecto y el cariño de las gentes a las que protegía y más de una vez le habían ofrecido a escoltarle de vuelta de la ciudad a la mansión pero Christian lo consideraba innecesario. ¿Quién le iba a hacer daño a él sobre todas las personas en aquel bello país?

En esto pensaba cuando unos pasos comenzaron a oírse tras él. Fue de repente, como si se hubiera materializado sobre la grava. Se giró y unos ojos hundidos le devolvieron la mirada tras un rostro demacrado, haciendo que se preguntara si no tendrían razón aquellas sabias y supersticiosas gentes. Se aclaró la garganta pero la otra persona habló antes.

-¿Es usted Christian Warren? -preguntó el extraño con una cascada pero aún así susurrante voz.

El interpelado se sorprendió pero considerando que sería de mala educación callarse contestó que sí. Igual le necesitaba para algo o tenía algún problema con él.

-Me han dicho que usted es una buena persona, que se le puede pedir cualquier cosa necesaria y usted haría cuanto estuviera en su mano para cumplir con la palabra dada. ¿He sido mal informado?

-No, pero… -ahora sí que se encontraba perplejo. Dio un paso al frente con una sonrisa amistosa que le habría valido unas cuantas miradas de desaprobación. Cierto es que a veces tenía la extraña manía de ponerse en peligro por nimiedades pero si había en juego algo que otra persona considerase importante no se le podía pedir gran claridad de mente, era todo disposición-. Me gusta ayudar a las personas con problemas, eso es todo. De todas formas, es un poco tarde para hablar de esto, ¿no cree? ¿Porqué no viene mañana por la mañana…?

-No será necesario.

Un paso, y lo tenía al lado. Pillado por sorpresa de una forma que no entendía ni entraba en su concepción de la realidad, Christian sintió sobre su hombro, justo al lado de su oreja, la respiración del otro hombre, el sonido de su vida. Sonaba barboteante, cascada, como si tuviera años detrás y litros de alcohol se insinuaban en su aliento. Trató de apartarse pero unos brazos lo inmovilizaron y la luna, oculta por las nubes, no le facilitó la tarea de forma que le permitiera ver qué estaba ocurriendo. Sólo sombras.

-Lo único que tiene que recordar es algo realmente muy sencillo… -la respiración dejó de sonar junto a su oído y la espera se hizo eterna-.Mi cuerpo anhela la muerte.

Un repentino dolor le traspasó el cuerpo de arriba a abajo, empezando por su cuello que notó mojado y ardiente. Algo le desgarró la piel y la carne y las rodillas se le doblaron, tirándolo al suelo. Boqueó, sintiendo cómo la vida se le escapaba de las manos, y un líquido inundó su boca. Trató de echarlo pero algo se lo impedía y, sacudido por espasmos, se lo tragó. Su conciencia se fue perdiendo en la bruma y en poco desapareció.

El otro hombre se sentó al lado del cuerpo yaciente y, simplemente, esperó, toda la noche, escuchando los sonidos del llamado Nuevo Mundo por españoles, portugueses y británicos por igual. La única respiración no era la suya, a intervalos, y cierto tiempo después también dejó de oírse para dar paso a otra cosa. Los gritos surgieron de la oscuridad a su lado, y no paraban.

Corría el siglo diecisiete en aquél entonces y aquella noche algo se originó. Algo empezó y muchas cosas terminaron. Una ciudad entera se sumió en el silencio sin previo aviso y la historia pronto olvidó su nombre. Todos, menos él.

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