Marte

Cuando Marcos les dijo a sus padres que se había echado novia hubo muchas cosas que no contó. No contó que Marte no había nacido Marte, no contó que era la personificación de todo aquello que se admira del dios del mismo nombre y no contó que vivía en un bar. Que a fin de cuentas era lo de menos pero para un par de padres conservadores esto podía acabar siendo el novamás. Y Marcos, que en aquellos instantes esperaba a que su novia bajase del piso de arriba y que se preguntaba por qué el bar no estaba abierto, no tenía reparo alguno en admitir que sentía miedo por la cena de aquella noche.

Cómo describirla. Marte era… intensa. Como un incendio forestal o un huracán que arrasan todo a su paso. De una altura imponente y con una cabellera de rizos que parecía haberle robado a la protagonista de Brave, Marte daba la impresión de una diosa griega de las que sabes que no claudican. Y tal y como iba vestida normalmente, con trajes de empresario y el pelo recogido en una coleta baja, no cabía duda de que estaba echa de una pasta diferente a la del resto de ratoncitos que pululan por el planeta Tierra.

Pero cuando Marte salió por la puerta y bajó las escaleras vestida con medio traje y una falda siseante que le lamía los tobillos, Marcos decidió que le importaba muy poco lo que sus padres dijeran. Al fin y al cabo, ese par de ojos burlones le miraban a él.

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Iniciativa seamos seguidores

Hoy he visto este icono mosno en el blog de Estíbaliz (Cada mirada recordaba que volaba) y me ha parecido muy interesante la iniciativa que lo acompañaba. La iniciativa Seamos Seguidores consiste en crear una pequeña comunidad de blogs para que puedan colaborar y conocerse entre sí, porque estamos tan esparcidos que muchas veces nadie sabe ni que existimos. Es una iniciativa muy chula porque aparte de conseguir seguidores (seguidores de calidad además) conoces muchos otros blogs interesantes.

¿CÓMO SE HACE?

Pues mira, muy fácil. Solo tenéis que seguir mi blog en el botoncito de abajo y yo haré lo mismo con vosotres. ¿Que no publicáis en wordpress? Tengo cuenta de blogspot y si no pues por mail, que maneras no faltan.

¿Y DESPUÉS QUÉ?

Solo tenéis que hacer lo mismo que yo, coger la imagen y añadirle un vínculo a un post explicativo como este para que podáis seguir haciendo cadena. Espero que os guste la idea y os apuntéis a la iniciativa, ¡hasta el próximo relato! 😉

Mimbae

Tervi sentía que estaba en la mezcladora de alquitrán de su pueblo en vez de en la ciudad más avanzada del mundo. La gente corría despavorida, los edificios se quemaban y de vez en cuando algún que otro coche explotaba con una gran llamarada. Terrorismo, asesinato, genocidio. Tervi nunca pensó que las cosas acabarían así. Ellos les detendrían antes de que ocurriese nada parecido, acabarían entre rejas y no podrían hacer daño a nadie nunca más.

Entre el horror algo le llamó la atención. Una canica de cristal en el suelo. Tan bonita, tan fuera de lugar con esos colores etéreos. No la necesitaba pero la quería. Era lo único familiar en aquella escena, así que la cogió. Un segundo después la oscuridad se hizo dueña de sus ojos y su cuerpo dejó de tener sustancia.

Cuando se despertó, estaba en otro lugar. Otro Mimbae, uno peor.

Una historia de samuráis

Mi nombre es Asami Kurosu y, aunque no siempre hice este trabajo, vivo y trabajo actualmente en un burdel. Antes de que os precipitéis en vuestras conclusiones, es mi deber informaros de que mi tarea en este lugar es la de un simple limpiador. No hago este trabajo porque me guste, ni porque haya sido mi ilusión suprema en la vida, sino por sobrevivir. Por simple y único instinto de supervivencia. A veces se requieren mis servicios para echar a clientes indeseados del local y de esa manera me gano algo de dinero extra. Es así como, de hecho, he conseguido el dinero para comprarme este rollo, un pincel y la tinta con la que escribo. He decidido contar mi historia.

Mi nombre no siempre fue Asami Kurosu. En el pasado, cuando todavía tenía una familia, mi nombre fue Asami Karahara, hijo mayor y sucesor del cabeza del clan Karahara, nobles samuráis del más alto honor. Y yo, aunque suene muy poco modesto, era el mejor de todos. Entrenado por mi padre de manera estricta y continua llegué a ser el mejor hombre de todo el clan. El único agujero que tenía era mi personalidad. Debo confesar que siempre he sido demasiado poco serio para mi propio bien, en los combates nunca flaqueaba pero lo que hacía fuera de dojo era estar siempre de fiesta, siempre bromeando, siempre eludiendo lo que debía hacer.

Por aquél entonces tenía un amigo cercano, Izumi, que era más serio que yo pero también se divertía conmigo. Era mi compañero de correrías y, a la vez, el que se aseguraba de que no pasase demasiado tiempo ocioso. Era más que mi amigo era mi hermano de espada, mi compañero en el combate, era como alguien de mi propia sangre y carne. Una tarde en que debíamos pasar el día de guardia Izumi vino a mí muy agitado diciéndome que había escuchado una conversación muy sospechosa entre dos hombres del clan. Izumi los había pillado doblando una esquina pero se tuvo que esconder para que no le vieran a sí que no pudo reconocerles por el rostro, pero sabía que sus voces le sonaban muy familiares. Según él, aquella noche iba a tener lugar un intento de robo en la casa principal. Trabajarían en las sombras y evitarían disparar las alarmas y producir heridos o muertos pero no se echarían atrás ante nada. Discreto pero efectivo.

Ambos, Izumi y yo, sabíamos que la única cosa que merecía ser robada en la casa principal era la espada Karahara, que daba nombre al clan. Un hermoso y terrible acero que había pertenecido al más poderoso cabeza de clan que jamás habíamos tenido, Nobuo Temachi. La espada sólo se sacaba en ceremonias rituales y normalmente estaba guardada en la habitación central de toda la casa, junto a un pequeño patio interior con un lago donde se purificaba antes de los rituales. Decidimos montar guardia en el patio y dar la alarma a la menor señal de vida. Por supuesto, semejante plan debía mantenerse en secreto, pues si no los ladrones podrían escapar y no ser atrapados. Cuantos menos mejor.

Aquella noche montamos dos guardias en silencio, escondiéndonos entre las sombras. Nada pasó hasta las 3 de la mañana, cuando me tocaba ir a por Izumi para cambiarnos las posiciones. Una sombra armada se deslizaba por la pared, probablemente sin haberme visto, en dirección a la habitación de la espada. Lentamente, saqué mi propia arma y di gracias al cielo de que la había limpiado a fondo aquella mañana, por lo que casi no hizo ruido. Aceché a la sombra y, justo cuando esta estaba apunto de abrir la puerta, ataqué. Logré pillarlo por sorpresa pero era un buen guerrero y pudo pararme, forcejeamos unos instantes y, cuando nuestras espadas se alejaron unos segundos, di la alarma antes de volver a atacar. Esto le sorprendió y se colocó en posición defensiva pero yo no estaba dispuesto a dejarle escapar. Era fuerte, y rápido, pero no lo suficiente. Dos estocadas más y le alcancé. Cayó al suelo en silencio y yo paré para recobrar el aliento. La alarma se había extendido por toda la casa y se oían gritos desde todas las direcciones.

Pensé, iluso de mí, que todo se había acabado ya. En el momento en que me volvía para recibir a mis compañeros de armas otra sombra me atacó desde atrás y me puso su propio filo en la garganta. Se quedó así, quieto, sin moverse.

“No sé qué pretendes pero no te saldrás con la tuya” le dije.

“Oh, no te preocupes por eso, ya lo he hecho” fue su respuesta.

Me lo susurró al oído, lo bastante bajo como para que la gente que entraba en el patio interior no lo oyera pero yo sí. Y reconocí su voz. Izumi.

Fui condenado esa misma noche. Izumi expuso ante mi padre que llevaba un tiempo encontrándome de un humor extraño y había empezado a sospechar. Decidió averiguar qué pasaba y, en caso necesario, detenerme.

Yo intenté defenderme, expuse mi versión de los hechos, pero Izumi dijo que no era más que un mentiroso que aquella noche había derramado mi propia sangre. Para horror mío, aquel hombre que había matado, era mi primo, Sakae, con quien dijo Izumi que había resuelto seguirme. Era él, de eso no había duda, pero nadie quiso escuchar nada más de mí después de aquello. Me quitaron mi querida espada, me despojaron de mi apellido y de mi honor, y me convirtieron en un ronin, un samurái errante. Solo que, a diferencia de todos los que conocí más adelante, yo no tenía mi arma.

Han pasado más de dos años desde entonces y yo ya vivo muy lejos de mi ciudad natal. Me di un nuevo apellido y decidí reconstruir mi vida. Puede que ser el asistente de la limpieza de un burdel y guardaespaldas esporádico de las mujeres que viven y se ganan la vida en él no sea muy honrado pero por algún sitio se debe empezar, ¿cierto?

Asami Kurosu

Violeta – Capítulo 1: Encuentro

Hacía varias noches que esa cosa se había escapado del laboratorio y, como todos los días desde entonces, Josh dudó si salir a la calle y dejar a Dia solo en casa. Finalmente, esa tarde se armó de valor, cogió un palo largo que antes había sido parte del marco de alguna puerta y salió a la calle. Con el macuto a la espalda y una postura tensa, miró bien a los dos lados de la calle antes y mientras cerraba la puerta. Luego echó a andar por el callejón desierto en dirección a la plaza.

Suspiró. Desde que esa cosa se había escapado del laboratorio nadie salía de su casa sin una razón muy importante y, a ser posible, acompañado y armado todo lo que podía. Josh lo máximo que tenía en casa era ese palo y no podía llevarse a Dia a ninguna parte, su hermano no estaba para salir a la calle precisamente. No conseguía explicarse cómo a los del laboratorio se les había escapado aquel animal, ni cómo había escapado este matando a doce guardias por el camino sin que nadie se enterase. Los cuerpos habían sido encontrados al día siguiente, cuando la luz trémula del amanecer había llegado para facilitar un poco la búsqueda. No tenía ni idea de qué podía ser esa cosa pero tenía que ser muy inteligente para matar a todos esos guardias en su huida y esconderlos hasta el día siguiente, y sobre todo, para salir del enorme complejo. Sacudió la cabeza. Como fuera, aquello no era asunto suyo siempre y cuando no dañara o tuviera nada que ver con Dia. Sólo terminaría las compras rápido y volvería a casa en seguida.

Llegado a la plaza se dirijo rápidamente a la panadería e hizo acopio de todo lo que pudo comprar, luego se dirigió a la carnicería y más tarde a la frutería. Todas las tiendas estaban cerradas a cal y canto pero también tenían una abertura en alguna parte de al puerta para ver quién llegaba y dejarle entrar. Tampoco se podía asegurar que aquellas medidas funcionaran contra lo que se había escapado del laboratorio pero así todos se sentían más seguros.

–Josh, cariño, ¿te has enterado de lo último que ha hecho esa cosa del laboratorio? –le dijo Sarah, la vieja frutera, con cara preocupada.

Él frunció el ceño.

–No.

–Ay, pues yo que tú tendría cuidado cuando fuera por las calles de la ciudad. Al parecer el monstruo ese ha estado matando en la ciudad –le dijo ella mientras un escalofrío le recorría el cuerpo–. Al parecer es verdad que está aquí. Sólo han sido unos cuantos perros pero los han encontrado casi descuartizados y medio enterrados. Uno de los agentes dijo que el sitio olía a sangre que echaba para atrás.

Josh tragó saliva. Era lo suficiente mayorcito con 31 años como para no asustarse con cuentos de viejas pero Sarah no solía mentir ni exagerar demasiado las cosas y tal y como estaban las circunstancias… mejor darse prisa y no dejar mucho rato solo a Dia.

–Gracias, Sarah, de verdad. Por la comida y la información. Me vuelvo a casa.

Pudo oír cómo los cerrojos sonaban al salir a la calle y las tablas de madera caían al otro lado de la puerta y se apresuró todo lo que pudo hasta casa. Llevaba el macuto más lleno que antes, que no lleno, y lo mantenía bajo el brazo para protegerlo de lo que pudiera cruzarse con él; en la otra mano el palo se agitaba gracias a la fricción del aire por la carrera. Las calles estaban desiertas y pudo ver que las ventanas estaban cerradas a cal y canto, o todo lo a cal y canto que se podía en esa ciudad. Aunque probablemente hubiese alguien detrás de cada una al acecho del peligro que se cernía sobre ellos.

Casi se le fue todo el aire que había estado conteniendo por la boca cuando llegó a la puerta de su casa. Sacó la llave y estaba a punto de abrir la puerta cuando vio un reguero de un líquido rojo resbalando por el cauce barroso del centro del callejón. Se le pusieron los pelos como escarpias al comprobar que aquello era sangre y el olor del hierro empezó a entrarle por las fosas nasales. Como si le hubiera dado una apoplejía, Josh trató de encajar la llave en la cerradura pero le tomó unos preciosos instantes acertar y girar el bombín en el ángulo correcto para que se abriera la puerta. Una vez hecho esto la cerró desde dentro y casi se derrumba sobre la destartalada mesa que ocupaba la mayor parte de la entrada. El corazón le latía con fuerza, como queriendo señalar que pasase lo que pasase ahí fuera él todavía estaba dentro, vivo, y que seguía sintiendo miedo. Sus jadeos llenaron el cuarto y tardó un rato en poder ponerse de pie apoyándose en sus temblorosas manos.

Escuchó con atención para descubrir si el ruido había despertado a Dia, que dormía en el piso de arriba, y habiendo comprobado que no, tomó una decisión. Guardó los alimentos en la despensa y el refrigerador escacharrado de la cocina y se armó de valor para volver a abrir la puerta palo en mano. El reguero de sangre seguía ahí, sangre líquida que se juntaba con el barro, la tierra, la arena y los restos de lluvia de dos días atrás. La noche que esa cosa se había escapado también había estado lloviendo, como si el cielo quisiera limpiar la mugre de la ciudad, sin conseguirlo.

Tragó saliva y siguió la sangre pendiente arriba, atento al mínimo ruido, movimiento o sombra sospechosa que pudiera percibir. El callejón seguía recto pendiente arriba hasta que esta se acababa y la calle hacía un recodo en un edificio de cuatro plantas medio derruido. Entre medias había como unas trece casas que, achaparradas, se apoyaban unas en otras para no caerse al suelo. En los bajos de una que Josh bien conocía había una pequeña explanada que quizás antes había sido un parking improvisado para coches y que ahora sólo era una explanada de tierra. Casi se le para el corazón al acercarse y ver que la verja que normalmente la cerraba estaba rota formando un gran agujero. ¿Pero cómo de grande era esa cosa? Esta vez tenía la garganta seca así que por mucho que lo intentó no pudo tragar nada. Resignado, Josh adelantó un pie para entrar cuando un jadeo repentino le detuvo. Sonaba grave, descascarillado, como el jadeo de un enfermo terminal sin cuidado alguno o el de un perro moribundo. El reguero de sangre conducía derecho hacia el fondo así que no tuvo más remedio que entrar.

Se maldijo mentalmente por no llevar una linterna para saber qué había dentro exactamente pero al poco tiempo sus ojos se fueron acostumbrando a la oscuridad. Al fondo del patio interior había un par de figuras acurrucadas contra la pared. Una de las dos olía terriblemente a sangre y la otra era el origen de los jadeos y la respiración trabajosa. Se acercó con cuidado y cuando vio lo que eran las náuseas le pudieron y vomitó violentamente sobre el suelo cubierto de sangre y tierra. El bulto más cercano a la pared eran los restos de un perro, o lo que había sido un perro antes, desmembrado y con sus miembros apilados como si fueran una torre o una montaña de basura. Tras el el acceso de tos que sobrevino al vómito miró a la otra figura para descubrir a una joven de pelo negro que temblaba y lo miraba temblando. Parecía herida y febril pero sus ojos lo miraban fijamente, sin vacilar, atentos a todos sus movimientos. Directos y profundos. A Josh no le hizo falta pensar mucho.

–Dioses.

Se acercó a la muchacha con intención de sacarla de allí pero ella se resistió, arrebujándose más en sus ropas hechas pedazos.

–Por favor, déjame sacarte de aquí. Por favor.

Si fueron sus palabras o que las pocas fuerzas de la chica ya no la sostenían, Josh no lo sabía, pero de repente se dejó hacer y bajó los brazos, aun cuando no dejó de mirarlo con los ojos entrecerrados ni un solo momento. La cogió en brazos y cargó con ella con dificultad hasta la entrada al callejón. Al llegar a casa la dejó sobre el sillón destartalado del salón y la cubrió con una manta antes de subir al segundo piso para llenar la bañera de agua y lavarla. La pobre estaba cubierta de sangre de arriba a abajo, sobre todo las manos, pero curiosamente no tenía ninguna herida, a pesar de llevar un vendaje en el brazo con lo que parecían restos de sangre oscura.

Era obvio lo que había pasado, pensó apretando los dientes. Esa cosa que se había escapado del laboratorio los había atacado al perro y a ella y no se sabía porqué, a ella no le había hecho nada. Luego ella había apilado los restos del animal, puede que para darle algo parecido a una sepultura. Aunque en el estado en el que estaba… es normal que no hubiera podido hacer mucho.

–Ahh… ah.

Josh volvió la cabeza para ver a la chica, que lo miraba desde la bañera llena de agua. Parecía tener las cuerdas vocales agarrotadas y no podía hablar bien. Le revolvió el pelo con cariño.

–No te preocupes, ahora estás bien. Nadie va a venir por ti, aquí estás a salvo.

Ella lo miró como si no se pudiera creer lo que salía de sus labios para, más tarde, asentir despacio y apoyar la cabeza en la pared. Cuando acabó de lavarla estaba dormida y la sacó del baño con los ojos cerrados y la respiración más tranquila. Después de pensarlo un poco, la vistió con una vieja camiseta suya y unos pantalones cortos y la llevó al dormitorio que su hermano y él compartían. La cama era doble pero en ella no cabían los tres así que la puso junto a Dia, que no se despertó cuando la tapó con la sábana, y se bajó al piso inferior. Esa noche dormiría en el sofá pero antes tenía que colocar la compra y limpiar el suelo, que se había manchado de barro al entrar con la chica. También se aseguró de hacer todas las comprobaciones pertinentes en ventanas y puerta minuciosamente, esa cosa no iba a entrar en su casa sin más.

* * *

El día siguiente amaneció parcialmente nublado sobre la ciudad, con rayos de sol que aparecían y desaparecían entre las nubes ocasionalmente. Era el mejor día que habían tenido en semanas y la luz se filtraba por las delgadas cortinas del dormitorio de Josh y Dia. Las sábanas blancas, arrugadas y apartadas en algunas partes, brillaban reflejando el sol y hacían que resaltase más todavía la presencia de las dos figuras que todavía dormían en la cama. La joven delgada que se acurrucaba contra la almohada parecía estar durmiendo en paz por primera vez en mucho tiempo mientras que el otro ocupante de la cama se escondía entre sábanas y sábanas, como si estuviera dentro de una cueva.

La luz avanzó y, lentamente, la chica comenzó a abrir los ojos. Por un momento, mientras enfocaba la vista, se mantuvo tranquila, pero después saltó sobre sí misma para sentarse y contemplar la habitación. Confundida, miró las sábanas y la ropa que llevaba puesta, sus pies desnudos y a la ventana. Nada más fijó sus ojos en ella, abrió la boca en un gesto de sorpresa y se arrastró sobre el cabecero para apartar las cortinas. El día, la luz, la hipnotizó. Miró hacia afuera como si estuviera viendo un milagro, algo que nunca había visto, algo maravilloso y fascinante.

Un movimiento en la figura que seguía bajo las sábanas la distrajo y la puso en guardia. Se tensó como una cuerda y se volvió hacia ella con cautela, sin hacer ningún movimiento fuera de lugar. El bulto, sin embargo, se limitó a revolverse y se quedo quieto. Cuando quedó claro que no iba a volver a moverse, la chica se acercó despacito y bajó las sábanas lentamente, pare descubrir unos mechones de cabello rubio. El dueño del pelo se revolvió un poco y ella retrocedió, para volver al poco a acercarse. Poco a poco, entre sobresalto y sobresalto, acabó destapando la figura de un hombre joven de rasgos amables. Los mechones de pelo le caían desordenados encima de las pestañas y sus mejillas estaban coloreadas levemente por el calor de haber estado tapado. Ella se medio recostó a su lado para poder verle de cerca, como si todo lo demás en la habitación hubiera desaparecido y ahora sólo estuvieran ellos dos. Ella, cautelosa, él, indefenso. Entre sueños, el chico dejó escapar una sonrisa y una pequeña carcajada que apenas pasaba de risa, iluminando su rostro más de lo que el sol podía conseguir. De nuevo, como llevada por un poder superior, ella adelantó una mano y, suavemente, pasó un dedo por su mejilla. Él suspiró y ella, tras apartarlo, colocó esta vez el dedo en sus labios. Suaves y finos, color carne claro.

La exploración de su cara duró un rato más hasta que la chica se dio cuenta de una cosa. Levantó las manos para poder verlas bien y estiró los dedos. Sus uñas, antes rotas y agrietadas, ahora estaban cortadas a poco más de un milímetro de la piel. Seguían sin estar cuidadas ero al menos no estaban desastrosamente deshechas y, como la noche pasada, cubiertas de mugre y sangre. El ruido de roce de tela la distrajo y volvió a mirar al chico para encontrarse con que este tenía los ojos abiertos y la miraba atentamente. Inmediatamente se quedó tensa, tiesa como un palo, sentada sobre sus piernas sin saber cómo reaccionar ante aquella persona que la miraba sin moverse, todavía bajo las sábanas. Finalmente, el chico sonrió, y parece que el gesto consiguió tranquilizarla en cierto modo.

De repente, la puerta se abrió.

–Buenos días –dijo Josh desde el marco de esta.

–¡Gyaaaaaaaaaaaaaaaah!

Su intención podía haber sido buena pero la chica se sobresaltó de tal manera que acabó pegada al cristal de la ventana y a punto de caerse de la cama.

–¡Eh, eh, eh! ¿Qué demonios estás haciendo? –Josh se apresuró a acercarse a ella y la cogió de las muñecas, volviendo a ponerla en la cama–. Estamos en un segundo piso, ¿sabes? ¿Quieres romper el cristal y acabar aplastada contra la carretera?

Como si las palabras la devolvieran a la realidad, la chica dejó de forcejear y se dejó caer en la cama, aún un tanto renuente ante la presencia de Josh, que la miraba también con cierta cautela. Después de todo, estaba Dia presente. Este, sin embargo, parecía ser el único al que la extraña reacción de la chica no le había hecho cambiar de posición ni expresión y seguía mirándola con una sonrisa que, eventualmente, acabó por calmarla chica del todo.

–Bueno, ¿ya estamos mejor? –preguntó Josh, que al no recibir respuesta siguió hablando–. Asumiré que sí. Venía a despertaros pero se ve que no hacía falta. Vamos a desayunar, luego os cambiaréis de ropa. Debes estar hambrienta, ¿no?

Ella, a pesar de su renuencia a hablar, no pudo evitar asentir con la cabeza al darse cuenta de que, efectivamente, estaba muerta de hambre.

–Entonces sígueme, a la cocina.

Mientras Josh daba la vuelta a la cama para acercarse a Dia, ella bajó del colchón y colocó los pies en el suelo de madera, que no estaba tan frío como había temido en un principio, sino a una temperatura templada. Una pequeña sonrisa se hizo camino hasta sus labio y se giró para mirar a los dos hombres a los que, sin darse cuenta, había dado la espalda. Josh estaba destapando completamente a Dia, que llevaba un pijama de color azul desvaído y lo miraba todo con los ojos con los que un niño disfrutaría por primera vez de una maravilla. Josh le daba direcciones sobre dónde pisar y cómo moverse para poder quitarse de encima el caparazón de sábanas en el que se había cubierto, y una vez liberado Josh le cogió de la mano y le dirigió hasta la puerta.

–La cocina está abajo. No te preocupes por nosotros, ahora te seguimos –le indicó Josh a la chica, que asintió imperceptiblemente y salió por la puerta.

Al otro lado había un descansillo del que salía un pequeño baño y a una escalera que descendía al nivel inferior. Todo en la casa era simple y gastado y el espacio estaba aprovechado al máximo. La cocina, el comedor y el salón estaban todas situadas en la misma habitación al pie de las escaleras. A un lado estaba la encimera, el frigorífico, los fogones y el fregadero, y en la misma parte de la habitación una mesa cuadrada de pequeña con dos sillas. Al otro lado se hacían espacio un pequeño sofá destartalado, un sillón, una cómoda con una radio encima y una pequeña mesita con un teléfono encima. Era un sitio acogedor pero no por ello menos viejo, se veía que los dos hermanos no tenían mucho.

La chica se acercó al sillón y extendió una mano, tocándolo y familiarizándose con él. Detrás de ella pisadas amortiguadas por la madera del suelo le dijeron que los dos hombres estaban bajando por la escalera y todavía tenía algo de tiempo así que adelantó un pie y lo colocó encima de la alfombra marrón que había a los pies del sofá. La sensación la hizo cerrar los ojos y, en un rápido movimiento, se dejó caer encima de ella. Como si fuera una niña pequeña, la chica se balanceó sobre las puntas de los pies hasta que tocó el suelo con el culo y pudo extender las piernas sobre la alfombra, apreciando la sensación en la piel desnuda.

Así fue como se la encontró Josh cuando al fin llegó al final de la escalera con Dia a su lado, con la cabeza apoyada en el sofá y tanto los dedos de las manos como los de los pies agarrados y enterrados en las hebras de la alfombra.

–Hey, ¿qué haces ahí abajo? Sabes que se come en las mesas, ¿verdad?

Al instante la chica abrió los ojos y se levantó, dándose la vuelta hacia Josh. Este pudo ver el minúsculo brillo del miedo antes de que ella lo ocultara y se relajara una vez más. La reacción le hizo sentirse culpable en cierto modo.

–Vamos, siéntate a la mesa. Os haré unos huevos revueltos, unas salchichas y unas tostadas de pan. Con lo del… –Josh se cortó a tiempo–. Bueno, esta semana no tienen mucho en las tiendas así que mejor repartírselo con cabeza.

Mientras la chica se acercaba a la mesa y él colocaba a Dia en sus sitio, Josh dio gracias a no haberse ido de la lengua. A saber lo que la pobre chica había tenido que pasar, no hacía falta recordarle la presencia del monstruo que le había atacado.

En cuanto puso la comida en la mesa la muchacha cogió un tenedor y empezó a comer con urgencia. Se veía que de verdad tenía hambre, el shock debía de haberla dejado sin fuerzas. Dia siguió su ejemplo de manera más sedada y Josh se dedicó a alternar bocados con miradas a la nueva inquilina. Por mucho que la acabara de conocer todavía no había oído que dijera una sola palabra y, casi, ni hacía ruido. Aparte del chillido que había pegado en el dormitorio, no había producido un solo sonido más. Al bajar las escaleras no había oído sus pisadas tampoco, ni siquiera había hecho ruido al sentarse en la silla y acercarse a la mesa.

Tampoco la conocía. No la había visto nunca en la ciudad y eso de por sí ya era raro, ya que no era una ciudad muy grande y todos conocían a todos o al menos a los familiares. ¿Tal vez se estaba mudando cuando la atacaron? Pero no, hacía años que no había nuevos vecinos en la ciudad y, en caso de que lo fuera, no creía que viniera sola. Por lo que sabía, la ciudad estaba y había estado en cuarentena desde hacía siete años, cuando un virus degenerativo había hecho presencia en los habitantes de la ciudad. Todos los no afectados habían huido en masa de la ciudad tras los tests preliminares de manera que todos los que quedaban eran afectados y familiares. El virus había dejado de expandirse cuando en el centro de investigación habían desarrollado una vacuna para los familiares y los propios científicos, pero de aquello ya hacía seis años y medio y desde entonces nadie que no tuviera trabajo aparecía nunca por la ciudad. Todos ellos eran recluídos, en espera de algo que no parecía llegar.

Dia había sido uno de los primeros, por aquél entonces teniendo dieciocho años recién cumplidos. En el escalofriante período de dos semanas su hermano se había ido pareciendo cada vez más a un niño de doce años, alegre y desinteresado, infantil, juguetón. Ahora tenía la mentalidad de un infante y hacía falta ir detrás de él para explicarle las cosas una y otra vez, para que no se hiciera daño. Hacía dos años que no oía su voz diciendo su nombre.

Sacudiéndose los pensamientos depresivos, Josh alzó la cabeza y empezó a comer de nuevo, pausando cuando se dio cuenta de que la chica lo estaba mirando. Oh, cierto…

–Oye, ¿cómo te llamas?

La pregunta produjo un efecto inesperado: en un instante, la chica se puso tensa y apretó el puño alrededor del tenedor que estaba sosteniendo. Lo miraba con suspicacia, como si el mero hecho de decirle su nombre le otorgara un poder tal que no era merecedor de él. Josh suspiró.

–Es simplemente para saber cómo llamarte. No puedo hablar contigo refiriéndome a ti siempre como “chica” o “muchacha”, ¿no crees?

Pero ella no se doblegaba, como si hubiera oído esa excusa miles de veces. Y por mucho que se dijo que debía de ser paciente, no pudo evitar sentir algo de amargura. Después de todo, la había traído a su casa de buena fe. La situación se solucionó, sin embargo, gracias a Dia. Dándose cuenta de la tensión en el aire y quizás queriendo disiparla, su hermano le hizo un gesto a la chica y sonrió. Y con esa sonrisa, Josh vio cómo toda la tensión se iba yendo de sus músculos.

La chica carraspeó y bajó un poco la cabeza.

–Aah… –probó–. Aahn. Aahn.

Tenía la voz cascada y grave, como si hubiera pasado mucho tiempo sin hablar, o un día entero gritando, lo que parecía más plausible.

–¿Anne? –preguntó Josh.

La chica vaciló un momento y luego asintió.

–Está bien, Anne entonces –dijo Josh, sonriendo amablemente para que se sintiera más cómoda–. Cuando terminemos de desayunar te daré algo más de ropa para que te cambies y dejaremos esa camiseta para que duermas, ¿te parece bien?

Ella asintió después de un momento y por primera vez Josh se preguntó si ella no sería también una afectada. Pero no, en ese caso la conocería. Tal vez fuera un familiar de uno de los científicos y médicos del centro. Igual el Dr. Marius la conocía. De cualquier manera, el doctor tenía que realizar su visita mensual en una semana así que le preguntaría entonces.

El resto del desayuno transcurrió con calma y después de lavar los platos, según lo prometido, los tres subieron al dormitorio a cambiarse de ropa. Anne acabó vestida con uno de los pantalones vaqueros de Josh, que le colgaban por las caderas un poco y definitivamente le quedaban muy largos, y una camiseta de manga corta de Dia que le llegaba hasta por debajo de las caderas y le quedaba holgada y, por lo que parecía, cómoda y calentita.

Tras esto, Josh empezó su rutina del día, que era básicamente recoger la casa, preparar la comida y pasar un rato con Dia para divertirlo y mantenerlo ocupado. Con Anne allí, sin embargo, Josh fue capaz de darse un respiro y pasó unos entretenidos treinta minutos viendo cómo Dia le enseñaba a Anne un juego con las manos.

La comida pasó y Dia se acurrucó en el sofá en posición fetal y volvió a dormirse, dejando a su hermano e invitada solos. Anne, que parecía haber desarrollado una fascinación interesante por la alfombra y otra aún más grande por el chico rubio, se apoyó en el borde del sofá con las piernas dobladas sobre la alfombra para observar a Dia. Josh, por su parte, la observaba a ella y se decía que por muy rara que pareciese no tenía pinta de ser peligrosa. Al terminar de fregar los platos de nuevo, se acercó a ella con una baraja de cartas.

–Anne, ¿te apetece?

Ella lo miró confundida y él se sentó con ella en la alfombra.

–Un juego de cartas. ¿Nunca te han enseñado?

Anne negó con la cabeza y Josh se rascó la nuca.

–Hum… bueno, podemos empezar fácil. ¿Porqué no tratamos de hacer un castillo? El que lo tire pierde. Ven, te enseñaré.

Con movimientos hábiles, Josh cogió dos cartas y las apoyó una en la otra, luego otras dos y luego el techo. Anne le observaba con los ojos muy abiertos y, rápidamente cogió otras dos cartas y las puso a un lado. Le costó un poco pero consiguió que no se le cayeran. Josh puso el techo y ella le sonrió. El juego siguió por dos horas más, para las cuales el castillo había sido construido y derrumbado un total de tres veces y finalmente había llegado a tener cinco pisos, con solo la punta por colocar.

Anne se encargó de el último triángulo y mientras se acercaba con cuidado, los labios fruncidos y la nariz arrugada, Josh se dio cuenta de que tenía el pelo tan largo por todas partes que se le metía en los ojos y no le dejaba ver.

Finalmente las últimas dos cartas fueron colocadas y Anne lanzó un grito de júbilo, estirando los brazos con entusiasmo. Sin embargo, tan intenso fue el moméntum que sus rodillas movieron la alfombra y el castillo se vino al suelo. Por un momento ninguno supo lo que había pasado y después Josh se echó a reír. Anne le miró con sorpresa y, poco después, le siguió. Los dos acabaron retozando por el suelo y Josh tuvo que admitir que hacía muchos años que no se sentía tan vivo. Cuando por fin tuvo las risas bajo control, Josh se acercó a Anne y le retiró un mechón de la cara.

–¿Sabes? Tienes el pelo demasiado largo, creo que te haría bien un corte, para mantenerlo a raya.

De nuevo, Anne se puso tesa como un palo, pero antes de que hiciera otro movimiento o Josh hablara, una pequeña risita vino del sofá. Dia parecía haberse despertado con el grito de Anne y, tras haberlos visto partirse de risa y tratar de comprender porqué, por fin había decidido unirse a ellos. Un poco tarde, pero el sentimiento es lo que cuenta, que dicen.

Y una vez más Josh se preguntó qué tenía su hermano, porque Anne sonrió y se relajó y a él le dedicó un asentimiento.

Esa tarde, Josh se pasó veinte minutos cortándole el pelo a Anne de manera sencilla y otros veinte tratando de que Dia no tocara las tijeras y se cortara. Cuando los tres se dirigieron a comer, Anne llevaba pelo, que antes estaba enmarañado y colgaba hasta la cintura, por encima de los hombros y con un flequillo recto justo por encima de los ojos.

Y esa noche, cuando Anne vio que Josh bajaba desde el dormitorio para irse a dormir al sofá, le cogió de la camisa y tiró de ella hacia la cama grande, haciéndose pequeñita junto a Dia, que una vez más se había dormido nada más tocar la almohada. Josh acabó aceptando, y si sus oídos le dijeron que había sonado desde el lado de la chica algo parecido a “noches”, no lo descartó de inmediato. Contra él, el cuerpo de Anne era menudo y delicado, y Josh no pudo evitar la corazonada que le decía que una noche antes, alguien le había regalado una hermana.

Violeta – Prólogo

La luna brillaba con fuerza aquella noche pero de su hermoso resplandor poco llegaba a la tierra bajo ella tras atravesar la densa capa de contaminación que cubría como una cúpula la sucia ciudad. La poca luz que conseguía alcanzar su destino apenas iluminaba el cúmulo de edificios grises que se alzaban unos al lado de otros. Bajos todos y algunos en ruinas, ninguno tenía la apariencia de ser habitable sino que más bien parecían los pobres supervivientes de un gran cataclismo, apenas subsistiendo en un mar de miseria. Tristes y llenos de heridas, cubiertas estas con trapos descoloridos y tablillas medio deshechas y mal claveteadas. Se respiraba en el aire la enfermedad de la ciudad, así como la de sus habitantes, que a aquellas horas dormían intranquilos en sus destartaladas camas.

Las únicas personas que parecían disfrutar de la noche se encontraban en la gran construcción que dominaba la ciudad en la colina oeste. Separado de las chabolas por un gran muro de hormigón, el laboratorio parecía vigilar con sus muros impenetrables a los habitantes de la ciudad, como si fuera el pastor de un rebaño de ovejas. Los edificios que conformaban el laboratorio eran grises y oscuros, amenazantes y el caudal de agua sucia que fluía por la única abertura del muro hacia la ciudad acentuaba aún más la idea de un lugar marchito, sin esperanza.

Normalmente, las horas se sucedían una tras otra en un monótono círculo que se repetía cada noche, tanto para los habitantes del laboratorio como para la gente humilde que procuraba mantenerse en lo posible fuera de sus asuntos. Pero aquella no era una noche normal. La alarma sonó sobre las cuatro de la madrugada, una sirena estridente que despertó a todos los seres humanos en un kilómetro a la redonda, puede que más, poniendo en pie de guerra a soldados y guardas. Los vigilantes de las puertas se apresuraron a abandonar las botellas de alcohol en el cuartelito donde pasaban las horas muertas y se pusieron en guardia para lo que pudiera pasar. Se aseguraron las puertas, se encendieron focos de luz azul para recorrer cada pulgada del perímetro del lugar, se cerró la salida del agua con verjas metálicas de plomo y se declaró el estado de emergencia dentro del complejo. Buscaban algo que se había escapado del Nivel D, algo peligroso y desconocido, algo que no debía salir a la ciudad por ninguna de las razones. Los soldados iban armados y provistos de luces que les identificarían por lo que sus órdenes eran simples: si veían alguna sombra sospechosa, debían disparar a matar. Sin cuidado, sin reservas, o los que morirían serían ellos.

La primera hora de espera fue tensa; la segunda, eterna; la tercera desesperada. Mientras registraban el complejo de arriba a abajo, al otro lado de muro, a medio kilómetro de la salida del agua, una figura delgada y débil salía del cauce arrastrándose sobre la orilla con un brazo. Jadeaba del esfuerzo, de la dificultad de la tarea, pero logró salir a flote y tumbarse de espaldas al mundo, de cara al cielo encapotado. Su ropa colgaba en jirones mojados, sin color alguno, de forma irreconocible, y una gran herida se adivinaba en su brazo derecho, del hombro a la muñeca. Salpicada de sangre, la figura parecía el pobre bufón descascarillado y olvidado de un viejo teatro de marionetas al que nadie más necesita ya. Con una diferencia, en sus ojos se adivinaba la vida, y no parecía dispuesta a dejarla marchar tan pronto.

Juzgando su descanso más que suficiente, la figura se enderezó y procedió a hacerse un torniquete para detener el sangrado, así como para cubrir con su ropa la herida a modo de vendas. Tras esta corta operación, se levantó y echó a andar a paso ligero hacia el cúmulo de casas que se adivinaban en la semi oscuridad que precede al amanecer, ansiando por refugio y, con suerte, calor. A su costado, la herida seguía sangrando aunque a un menor ritmo y las improvisadas vendas iban tiñéndose, cada vez más, de un oscuro color violeta.

After XYZ – Prólogo

PRÓLOGO

Primer sueño

La luz de las farolas inundaba a medias las calles de la ciudad colonial, creando todo tipo de sombras entre las jambas de las puertas y las maderas que sujetaban los pisos inferiores de posadas y bares. Era una noche tranquila, todo lo tranquila que podía ser esa noche en particular en esa ciudad. Había diversión en cada edificio y la gente que salía de cada lugar llevaba una sonrisa estampada en la cara más eficazmente que si se tratara de un sello.

Mujeres altas y bajas, hermosas y un tanto desagradables a la vista, caminaban del brazo de maridos, hermanos y padres, o simplemente de unos labios juguetones conocidos aquella misma tarde. Lo mismo daba que el primer vistazo hubiera sido hacía un par de minutos.

Un edificio en particular parecía realmente lleno y, por la cantidad de muchedumbre que se agolpaba a sus puertas, ciertamente popular. Ahora sólo se oían risas pero minutos antes todavía podía uno escuchar la función sin tener que pagar para presenciarla. Si bien es verdad que no se conseguía la misma calidad de sonido.

-¡Oh, señorito Warren! Por favor, ¡quédese un rato más por una vez! -rogó una voz femenina que prometía algo más que una dulce conversación a la luz de las velas.

El citado caballero lucía una melena ondulada recogida con una tira de cuero y una sonrisa amable con la que trataba de declinar el ofrecimiento. Como todos los hombres allí presentes, su atuendo consistía en unos pantalones largos y una chaqueta de corte elegante, no tanto como para acudir a una boda pero adecuados para asistir a una agradable velada en el auditorio del teatro. Tocándose con una mano el sombrero y haciendo una pequeña inclinación de cortesía, el hombre se despidió de la dueña de tan sugerente voz y de su compañera antes de dar media vuelta y enfilar por la calle llena de gente. Ambas damas suspiraron tanto de decepción como de deseo; por una vez que habían casi conseguido conquistar al soltero de oro de la época…

Se decía mucho del joven Warren, que realmente no lo era tanto, hijo de un gran mercader británico afincado en las costas de Génova. Un gran mercader a juzgar del ojo que había tenido para enviar a su propio hijo a darle el visto bueno a la mercancía que del Nuevo Mundo podían sacar. Y el que John Warren hubiera delegado tarea tan importante en su hijo, un auténtico bohemio que le llamaban algunos, amante de la música y del violín hasta casi un nivel enfermizo, devorador insaciable de toda literatura que cayese en sus manos… daba que pensar. Daba que pensar que quizás el joven heredero fuera merecedor de más confianza de la que parecía. Hecho que se había demostrado con creces.

Christian Warren, el joven de apenas veintinueve años que cruzaba las calles saludando a personajes importantes y a los que no lo eran tanto, no se definiría a sí mismo como “el soltero de oro” de aquellas tierras, pero pocos quedaban todavía que no compartieran esa misma denominación. Los murmullos le seguían a sus espaldas y aunque todos eran buenos, le creaban una fama a base de rumores que a él no le acababa de gustar. Sobre todo cuando insinuaban cosas como que ninguna mujer había tocado nunca su corazón pero que cualquiera que lo escuchase acariciar el violín caería a sus pies sin remedio alguno.

Un suspiro salió de sus labios al venirle a la mente la frase que la mujer del mercader Orlanos le había susurrado el día anterior al oído, pidiéndole confirmación de si la mismísima reina Victoria había llegado a pedirle unos acordes. Ciertos rumores eran increíblemente estúpidos pero la gente no parecía caer en ello con facilidad. Y cuando los desmentías, la mitad iban a parar de nuevo a más oídos desprevenidos que se los volvían a creer, comentando su modestia, mientras los demás devenían en rumores más extraños.

En cierto modo, la dulce noche que hacía ese día de verano era como una bendición para sus oídos, especialmente cuando dejó atrás el grueso de la urbe para internarse por los caminos secundarios que lo llevarían a su casa. Vivía a las afueras, en una gran casa que consideraba demasiado para él, aun cuando le gustase dar trabajo y hospedaje en ella a las gentes del lugar que en otras propiedades serían esclavos pero en la suya sólo criados.

Se aflojó un poco el nudo del pañuelo, que llevaba pegado al cuello, y se maravilló una vez más de la diferencia climática que había en las Indias con respecto a Inglaterra. Ese era otro punto. Muchos lo consideraban por lo que hacía con los esclavos o un santo o un loco. Un esclavo era un esclavo, ¿para qué pagarle? Pero para Christian eran personas y por tanto había que respetarlas. Gracias a esto se había ganado el afecto y el cariño de las gentes a las que protegía y más de una vez le habían ofrecido a escoltarle de vuelta de la ciudad a la mansión pero Christian lo consideraba innecesario. ¿Quién le iba a hacer daño a él sobre todas las personas en aquel bello país?

En esto pensaba cuando unos pasos comenzaron a oírse tras él. Fue de repente, como si se hubiera materializado sobre la grava. Se giró y unos ojos hundidos le devolvieron la mirada tras un rostro demacrado, haciendo que se preguntara si no tendrían razón aquellas sabias y supersticiosas gentes. Se aclaró la garganta pero la otra persona habló antes.

-¿Es usted Christian Warren? -preguntó el extraño con una cascada pero aún así susurrante voz.

El interpelado se sorprendió pero considerando que sería de mala educación callarse contestó que sí. Igual le necesitaba para algo o tenía algún problema con él.

-Me han dicho que usted es una buena persona, que se le puede pedir cualquier cosa necesaria y usted haría cuanto estuviera en su mano para cumplir con la palabra dada. ¿He sido mal informado?

-No, pero… -ahora sí que se encontraba perplejo. Dio un paso al frente con una sonrisa amistosa que le habría valido unas cuantas miradas de desaprobación. Cierto es que a veces tenía la extraña manía de ponerse en peligro por nimiedades pero si había en juego algo que otra persona considerase importante no se le podía pedir gran claridad de mente, era todo disposición-. Me gusta ayudar a las personas con problemas, eso es todo. De todas formas, es un poco tarde para hablar de esto, ¿no cree? ¿Porqué no viene mañana por la mañana…?

-No será necesario.

Un paso, y lo tenía al lado. Pillado por sorpresa de una forma que no entendía ni entraba en su concepción de la realidad, Christian sintió sobre su hombro, justo al lado de su oreja, la respiración del otro hombre, el sonido de su vida. Sonaba barboteante, cascada, como si tuviera años detrás y litros de alcohol se insinuaban en su aliento. Trató de apartarse pero unos brazos lo inmovilizaron y la luna, oculta por las nubes, no le facilitó la tarea de forma que le permitiera ver qué estaba ocurriendo. Sólo sombras.

-Lo único que tiene que recordar es algo realmente muy sencillo… -la respiración dejó de sonar junto a su oído y la espera se hizo eterna-.Mi cuerpo anhela la muerte.

Un repentino dolor le traspasó el cuerpo de arriba a abajo, empezando por su cuello que notó mojado y ardiente. Algo le desgarró la piel y la carne y las rodillas se le doblaron, tirándolo al suelo. Boqueó, sintiendo cómo la vida se le escapaba de las manos, y un líquido inundó su boca. Trató de echarlo pero algo se lo impedía y, sacudido por espasmos, se lo tragó. Su conciencia se fue perdiendo en la bruma y en poco desapareció.

El otro hombre se sentó al lado del cuerpo yaciente y, simplemente, esperó, toda la noche, escuchando los sonidos del llamado Nuevo Mundo por españoles, portugueses y británicos por igual. La única respiración no era la suya, a intervalos, y cierto tiempo después también dejó de oírse para dar paso a otra cosa. Los gritos surgieron de la oscuridad a su lado, y no paraban.

Corría el siglo diecisiete en aquél entonces y aquella noche algo se originó. Algo empezó y muchas cosas terminaron. Una ciudad entera se sumió en el silencio sin previo aviso y la historia pronto olvidó su nombre. Todos, menos él.

El ángel de la lluvia

Era un 7 de Agosto, yo caminaba por la acera de mi pequeño pueblo costero, mirando el mar, la gente que pasaba, los bonitos escaparates de las tiendas… Iba caminando, simplemente, sin fijar la vista en ningún punto en concreto, pensando, sencillamente, que hoy era mi cumpleaños, que había quedado, que era feliz, porque la persona que más amaba se había acordado de esa fecha tan especial, para los dos, puesto que justo un año antes nos habíamos conocido.

Era una tarde lluviosa, yo estaba en la playa, bajo toda esa agua, pensando sólo en una cosa. En que mis padres no me querían, que no me quería nadie… que no era nadie.

No lo vi llegar. Ya lo tenía encima cuando noté su sombra cubriéndome, cubriendo esa figura que se acurrucaba, temblorosa, sobre una roca, con los brazos alrededor de sus piernas y la cara entre ellas, para ocultar las lágrimas que rodaban sobre sus mejillas.

Levanté la cabeza de su refugio y fijé mis ojos grises, sin vida, en los suyos, trozos de hielo color azul, que horadaban mis pupilas sin poderlo evitar. Se agachó, lentamente, con cuidado de no hacer ningún movimiento brusco que pudiera asustarme. Tendió sus manos hacia mis brazos, con delicadeza, como si fuera la cosa más frágil del mundo.

– ¿Qué te ha pasado? – levantó una mano hacia mis ojos para recoger una de esas lágrimas que se escapaban de mis ojos – ¿qué es lo que ha hecho llorar a la criatura más bella que se podría encontrar en este mundo?

Me miraba de esa forma, como sólo podía mirar alguien que no quería perder algo… ¿qué era eso que no quería perder?

Levantó la mano con la que unos segundos antes había atrapado mis lágrimas para coger mi barbilla con una delicadeza y una ternura nunca imaginadas y obligarla a mirarle más de cerca.

– ¿Nadie te quiere? – me preguntó. Sólo necesitó bucear en mis ojos para averiguarlo – Entonces, yo seré quien te ame.

Acercó su cara a la mía y cerró sus ojos, haciendo caso omiso de la lluvia a nuestro alrededor, regalándome el beso más hermoso que nunca hubiera podido imaginar.

Por aquel entonces, yo andaba perdida, sin saber qué hacer. Esa vez que me encontró fue una de mis muchas salidas a solas a la naturaleza, dejando en sus manos la curación de mi alma.

Lo que él hizo fue mucho más que eso, curó mi corazón con las mismas palabras con las que el viento me dijo que me lo robaría. No lo robó, se lo regalé.

Crucé la calle, dirigiéndome al sitio donde él y yo habíamos quedado, el mismo sitio donde, un año antes, me había encontrado, donde, sin hacer caso alguno al agua, nos habíamos prometido en silencio que nos amaríamos eternamente.

Llegué al último cruce, el único obstáculo que quedaba entre la fina arena del mar y yo. En ese instante, lo vi, estaba al otro lado del cruce, sonriéndome como sólo él sabía hacer, con el amor brillando en sus ojos.

Ni lo pensé. Empecé a cruzar el paso de peatones, corriendo hacia sus brazos.

No me di cuenta. Sucedió todo tan rápido, que no tuve tiempo de ver nada. Al segundo siguiente, estaba en el suelo, sosteniendo entre mis manos, sobre mi regazo, su cabeza llena de sangre. Acaricié sus cabellos color azabache y miré sus ojos azules, que tan sólo pedían perdón por no poder quedarse conmigo. Le abracé, allí, en medio del cruce, con un mar de lágrimas brotando de mis ojos, entre ese gentío que observaba, algunos con pena, otros con horror, otros llamando a una ambulancia… A pesar de saber que no iba a llegar a tiempo.

Yo me quedé allí, con su cabeza sobre mis piernas, viendo como levantaba la mano izquierda para acariciar mi mejilla, esbozando la última sonrisa de su vida, cerrando sus bellos ojos azules… Para siempre.

Y aquí estoy ahora, derramando mi mirada sobre el mar, encima del acantilado desde el que él me vio ese día, acurrucada sobre mí misma. Levanto la vista hacia el cielo, donde no se ve una sola nube que presagie tormenta. Vuelvo la vista hacia el sol, atisbando por los pelos una figura, que me tiende su mano. Sonrío, claro que iré. Es lo único que he deseado siempre, estar con él, para toda la vida, durante toda la eternidad.

Adelanto un pie y doy el paso que me llevará a su lado. Mis cabellos cobrizos ondulan al viento, mi vestido se mueve a su compás, y mi mano busca la suya, para que me guíe, me lleve. Con él. Por toda la eternidad.

El principio de la leyenda

Era principios de invierno y la nieve caía sobre la ciudad como pétalos blancos que no dejaban rastro. No hacía demasiado frío y todavía se podían adivinar hojas en algunos árboles que se negaban a aceptar que debían perderlas. Quizá alguien debería ayudarlas a descender, meditaba una lucecita que reposaba en una rama, tranquila y relajada. Después de todo, ¿para qué servían las hadas sino para ayudar?

Se descolgó ágilmente, agitando las alas para llegar a la hoja más cercana. Empezó a tirar de ella como si le fuera la vida en ello, pero la hoja parecía no querer abandonar su puesto. La lucecita abandonó y se apoyó en ella, lo que no fue una decisión precisamente acertada. Gracias a la nieve derretida que había caído en el árbol la hoja se había vuelto resbaladiza e hizo caer al hada irremendiablemente. Esta trató de agitar las alas pero había perdido el control. Se resignó a aterrizar en la poca hierba que había debajo del majestuoso árbol.

No cayó ahí, sin embargo, ya que algo se interpuso en su camino, algo suave y blandito. Abrió los ojos, cerrados al inicio de la caída y se encontró cara a cara con un bebé que dormía pacíficamente envuelto en una manta. El hada alargó una mano y tocó su mejilla derecha, en la que había aterrizado, con cuidado para no despertarlo. Era un bebé hermoso, el más bonito que había visto hasta el momento. Tenía suaves mofletes sonrosados y pelusilla pelirroja en la cima de la cabeza. Se preguntó porqué estaría allí, solo, debajo de ese árbol y decidió esperar hasta que alguien viniera a buscarlo. Ni si quiera se le pasó por la cabeza que aquello no fuera a pasar.

Esperó pacientemente durante toda la noche, hasta que el bebé se despertó y ella quedó convencida de que nadie volvería a buscarlo. El bebé la miraba con ojos curiosos, contento de tener compañía, pero se notaba que tenía frío y ella no podía hacer nada. Pero tampoco podía dejarle allí, se congelaría. Una idea pasó por su mente. ¡Claro! Podría llevárselo. Si nadie lo quería ella lo haría.

Se levantó rápidamente de la manta y trató de hacer que el bebé le hiciera caso. Este levantó las manitas hacia ella, encantado y ella trató de tirar de él, inútilmente. ¿Cómo demonios iba a conseguir que un pequeño bebé sonrosado volara? Su propio fulgor le dio la respuesta. Era obvio que el bebé estaba pensando cosas felices, con lo que lo único que necesitaba… era polvo de hada. Agitó las alas fuertemente encima de la cara del niño, dejando que miles de motas de polvo cayeran sobre él. El bebé parpadeó, sorprendido por el repentino fulgor que desprendía y empezó a batir las palmas, encantado, al dejar de notar el suelo bajo él.

El hada le sonrió y le cogió dulcemente de la manita, guiándolo por encima de los tejados de Londres hacia el cielo, atravesando el crepúsculo. El bebé lo miraba todo encantado, como si estuviera en un sitio maravilloso y ella no pudo evitar pensar que dentro de poco llegarían a un sitio más maravilloso todavía en el que pronto él sería lo más maravilloso de todo.

Atravesaron galaxias y se cruzaron en el camino de estrellas fugaces que cambiaban de rumbo al pasar por su lado, creando un túnel de luces por el que volaron en dirección a una estrella muy especial. Cuando el mundo cambió de repente a su alrededor el hada observó la reacción del niño. Este miraba con expresión extasiada las grandes montañas rodeadas de árboles y verde por todas partes. Ahora sólo faltaba una cosa. Que el niño obtuviera un nombre. Pensando y pensando de repente vio unas letras en la mantita que todavía le cubría: P. P. ¿Qué nombre empezaba por P y le quedaba bien? ¿Patricio? ¿Pablo? ¿Peter? ¡Peter! Era perfecto. El otro nombre era más difícil. Se sentaron en una nube mientras ella pensaba. ¿Qué podría ser? Ningún otro nombre le pegaba. Se fijó más en su cara, y en su mejillas, que parecían hechas de pan… ¡Pan! ¡Claro!

Campanilla rió encantada, volviendo a coger a Peter de la mano y encarándolo con la isla.

-Peter Pan, Nunca Jamás. Nunca Jamás, Peter Pan.

Bienvenido.