Violeta – Capítulo 1: Encuentro

Hacía varias noches que esa cosa se había escapado del laboratorio y, como todos los días desde entonces, Josh dudó si salir a la calle y dejar a Dia solo en casa. Finalmente, esa tarde se armó de valor, cogió un palo largo que antes había sido parte del marco de alguna puerta y salió a la calle. Con el macuto a la espalda y una postura tensa, miró bien a los dos lados de la calle antes y mientras cerraba la puerta. Luego echó a andar por el callejón desierto en dirección a la plaza.

Suspiró. Desde que esa cosa se había escapado del laboratorio nadie salía de su casa sin una razón muy importante y, a ser posible, acompañado y armado todo lo que podía. Josh lo máximo que tenía en casa era ese palo y no podía llevarse a Dia a ninguna parte, su hermano no estaba para salir a la calle precisamente. No conseguía explicarse cómo a los del laboratorio se les había escapado aquel animal, ni cómo había escapado este matando a doce guardias por el camino sin que nadie se enterase. Los cuerpos habían sido encontrados al día siguiente, cuando la luz trémula del amanecer había llegado para facilitar un poco la búsqueda. No tenía ni idea de qué podía ser esa cosa pero tenía que ser muy inteligente para matar a todos esos guardias en su huida y esconderlos hasta el día siguiente, y sobre todo, para salir del enorme complejo. Sacudió la cabeza. Como fuera, aquello no era asunto suyo siempre y cuando no dañara o tuviera nada que ver con Dia. Sólo terminaría las compras rápido y volvería a casa en seguida.

Llegado a la plaza se dirijo rápidamente a la panadería e hizo acopio de todo lo que pudo comprar, luego se dirigió a la carnicería y más tarde a la frutería. Todas las tiendas estaban cerradas a cal y canto pero también tenían una abertura en alguna parte de al puerta para ver quién llegaba y dejarle entrar. Tampoco se podía asegurar que aquellas medidas funcionaran contra lo que se había escapado del laboratorio pero así todos se sentían más seguros.

–Josh, cariño, ¿te has enterado de lo último que ha hecho esa cosa del laboratorio? –le dijo Sarah, la vieja frutera, con cara preocupada.

Él frunció el ceño.

–No.

–Ay, pues yo que tú tendría cuidado cuando fuera por las calles de la ciudad. Al parecer el monstruo ese ha estado matando en la ciudad –le dijo ella mientras un escalofrío le recorría el cuerpo–. Al parecer es verdad que está aquí. Sólo han sido unos cuantos perros pero los han encontrado casi descuartizados y medio enterrados. Uno de los agentes dijo que el sitio olía a sangre que echaba para atrás.

Josh tragó saliva. Era lo suficiente mayorcito con 31 años como para no asustarse con cuentos de viejas pero Sarah no solía mentir ni exagerar demasiado las cosas y tal y como estaban las circunstancias… mejor darse prisa y no dejar mucho rato solo a Dia.

–Gracias, Sarah, de verdad. Por la comida y la información. Me vuelvo a casa.

Pudo oír cómo los cerrojos sonaban al salir a la calle y las tablas de madera caían al otro lado de la puerta y se apresuró todo lo que pudo hasta casa. Llevaba el macuto más lleno que antes, que no lleno, y lo mantenía bajo el brazo para protegerlo de lo que pudiera cruzarse con él; en la otra mano el palo se agitaba gracias a la fricción del aire por la carrera. Las calles estaban desiertas y pudo ver que las ventanas estaban cerradas a cal y canto, o todo lo a cal y canto que se podía en esa ciudad. Aunque probablemente hubiese alguien detrás de cada una al acecho del peligro que se cernía sobre ellos.

Casi se le fue todo el aire que había estado conteniendo por la boca cuando llegó a la puerta de su casa. Sacó la llave y estaba a punto de abrir la puerta cuando vio un reguero de un líquido rojo resbalando por el cauce barroso del centro del callejón. Se le pusieron los pelos como escarpias al comprobar que aquello era sangre y el olor del hierro empezó a entrarle por las fosas nasales. Como si le hubiera dado una apoplejía, Josh trató de encajar la llave en la cerradura pero le tomó unos preciosos instantes acertar y girar el bombín en el ángulo correcto para que se abriera la puerta. Una vez hecho esto la cerró desde dentro y casi se derrumba sobre la destartalada mesa que ocupaba la mayor parte de la entrada. El corazón le latía con fuerza, como queriendo señalar que pasase lo que pasase ahí fuera él todavía estaba dentro, vivo, y que seguía sintiendo miedo. Sus jadeos llenaron el cuarto y tardó un rato en poder ponerse de pie apoyándose en sus temblorosas manos.

Escuchó con atención para descubrir si el ruido había despertado a Dia, que dormía en el piso de arriba, y habiendo comprobado que no, tomó una decisión. Guardó los alimentos en la despensa y el refrigerador escacharrado de la cocina y se armó de valor para volver a abrir la puerta palo en mano. El reguero de sangre seguía ahí, sangre líquida que se juntaba con el barro, la tierra, la arena y los restos de lluvia de dos días atrás. La noche que esa cosa se había escapado también había estado lloviendo, como si el cielo quisiera limpiar la mugre de la ciudad, sin conseguirlo.

Tragó saliva y siguió la sangre pendiente arriba, atento al mínimo ruido, movimiento o sombra sospechosa que pudiera percibir. El callejón seguía recto pendiente arriba hasta que esta se acababa y la calle hacía un recodo en un edificio de cuatro plantas medio derruido. Entre medias había como unas trece casas que, achaparradas, se apoyaban unas en otras para no caerse al suelo. En los bajos de una que Josh bien conocía había una pequeña explanada que quizás antes había sido un parking improvisado para coches y que ahora sólo era una explanada de tierra. Casi se le para el corazón al acercarse y ver que la verja que normalmente la cerraba estaba rota formando un gran agujero. ¿Pero cómo de grande era esa cosa? Esta vez tenía la garganta seca así que por mucho que lo intentó no pudo tragar nada. Resignado, Josh adelantó un pie para entrar cuando un jadeo repentino le detuvo. Sonaba grave, descascarillado, como el jadeo de un enfermo terminal sin cuidado alguno o el de un perro moribundo. El reguero de sangre conducía derecho hacia el fondo así que no tuvo más remedio que entrar.

Se maldijo mentalmente por no llevar una linterna para saber qué había dentro exactamente pero al poco tiempo sus ojos se fueron acostumbrando a la oscuridad. Al fondo del patio interior había un par de figuras acurrucadas contra la pared. Una de las dos olía terriblemente a sangre y la otra era el origen de los jadeos y la respiración trabajosa. Se acercó con cuidado y cuando vio lo que eran las náuseas le pudieron y vomitó violentamente sobre el suelo cubierto de sangre y tierra. El bulto más cercano a la pared eran los restos de un perro, o lo que había sido un perro antes, desmembrado y con sus miembros apilados como si fueran una torre o una montaña de basura. Tras el el acceso de tos que sobrevino al vómito miró a la otra figura para descubrir a una joven de pelo negro que temblaba y lo miraba temblando. Parecía herida y febril pero sus ojos lo miraban fijamente, sin vacilar, atentos a todos sus movimientos. Directos y profundos. A Josh no le hizo falta pensar mucho.

–Dioses.

Se acercó a la muchacha con intención de sacarla de allí pero ella se resistió, arrebujándose más en sus ropas hechas pedazos.

–Por favor, déjame sacarte de aquí. Por favor.

Si fueron sus palabras o que las pocas fuerzas de la chica ya no la sostenían, Josh no lo sabía, pero de repente se dejó hacer y bajó los brazos, aun cuando no dejó de mirarlo con los ojos entrecerrados ni un solo momento. La cogió en brazos y cargó con ella con dificultad hasta la entrada al callejón. Al llegar a casa la dejó sobre el sillón destartalado del salón y la cubrió con una manta antes de subir al segundo piso para llenar la bañera de agua y lavarla. La pobre estaba cubierta de sangre de arriba a abajo, sobre todo las manos, pero curiosamente no tenía ninguna herida, a pesar de llevar un vendaje en el brazo con lo que parecían restos de sangre oscura.

Era obvio lo que había pasado, pensó apretando los dientes. Esa cosa que se había escapado del laboratorio los había atacado al perro y a ella y no se sabía porqué, a ella no le había hecho nada. Luego ella había apilado los restos del animal, puede que para darle algo parecido a una sepultura. Aunque en el estado en el que estaba… es normal que no hubiera podido hacer mucho.

–Ahh… ah.

Josh volvió la cabeza para ver a la chica, que lo miraba desde la bañera llena de agua. Parecía tener las cuerdas vocales agarrotadas y no podía hablar bien. Le revolvió el pelo con cariño.

–No te preocupes, ahora estás bien. Nadie va a venir por ti, aquí estás a salvo.

Ella lo miró como si no se pudiera creer lo que salía de sus labios para, más tarde, asentir despacio y apoyar la cabeza en la pared. Cuando acabó de lavarla estaba dormida y la sacó del baño con los ojos cerrados y la respiración más tranquila. Después de pensarlo un poco, la vistió con una vieja camiseta suya y unos pantalones cortos y la llevó al dormitorio que su hermano y él compartían. La cama era doble pero en ella no cabían los tres así que la puso junto a Dia, que no se despertó cuando la tapó con la sábana, y se bajó al piso inferior. Esa noche dormiría en el sofá pero antes tenía que colocar la compra y limpiar el suelo, que se había manchado de barro al entrar con la chica. También se aseguró de hacer todas las comprobaciones pertinentes en ventanas y puerta minuciosamente, esa cosa no iba a entrar en su casa sin más.

* * *

El día siguiente amaneció parcialmente nublado sobre la ciudad, con rayos de sol que aparecían y desaparecían entre las nubes ocasionalmente. Era el mejor día que habían tenido en semanas y la luz se filtraba por las delgadas cortinas del dormitorio de Josh y Dia. Las sábanas blancas, arrugadas y apartadas en algunas partes, brillaban reflejando el sol y hacían que resaltase más todavía la presencia de las dos figuras que todavía dormían en la cama. La joven delgada que se acurrucaba contra la almohada parecía estar durmiendo en paz por primera vez en mucho tiempo mientras que el otro ocupante de la cama se escondía entre sábanas y sábanas, como si estuviera dentro de una cueva.

La luz avanzó y, lentamente, la chica comenzó a abrir los ojos. Por un momento, mientras enfocaba la vista, se mantuvo tranquila, pero después saltó sobre sí misma para sentarse y contemplar la habitación. Confundida, miró las sábanas y la ropa que llevaba puesta, sus pies desnudos y a la ventana. Nada más fijó sus ojos en ella, abrió la boca en un gesto de sorpresa y se arrastró sobre el cabecero para apartar las cortinas. El día, la luz, la hipnotizó. Miró hacia afuera como si estuviera viendo un milagro, algo que nunca había visto, algo maravilloso y fascinante.

Un movimiento en la figura que seguía bajo las sábanas la distrajo y la puso en guardia. Se tensó como una cuerda y se volvió hacia ella con cautela, sin hacer ningún movimiento fuera de lugar. El bulto, sin embargo, se limitó a revolverse y se quedo quieto. Cuando quedó claro que no iba a volver a moverse, la chica se acercó despacito y bajó las sábanas lentamente, pare descubrir unos mechones de cabello rubio. El dueño del pelo se revolvió un poco y ella retrocedió, para volver al poco a acercarse. Poco a poco, entre sobresalto y sobresalto, acabó destapando la figura de un hombre joven de rasgos amables. Los mechones de pelo le caían desordenados encima de las pestañas y sus mejillas estaban coloreadas levemente por el calor de haber estado tapado. Ella se medio recostó a su lado para poder verle de cerca, como si todo lo demás en la habitación hubiera desaparecido y ahora sólo estuvieran ellos dos. Ella, cautelosa, él, indefenso. Entre sueños, el chico dejó escapar una sonrisa y una pequeña carcajada que apenas pasaba de risa, iluminando su rostro más de lo que el sol podía conseguir. De nuevo, como llevada por un poder superior, ella adelantó una mano y, suavemente, pasó un dedo por su mejilla. Él suspiró y ella, tras apartarlo, colocó esta vez el dedo en sus labios. Suaves y finos, color carne claro.

La exploración de su cara duró un rato más hasta que la chica se dio cuenta de una cosa. Levantó las manos para poder verlas bien y estiró los dedos. Sus uñas, antes rotas y agrietadas, ahora estaban cortadas a poco más de un milímetro de la piel. Seguían sin estar cuidadas ero al menos no estaban desastrosamente deshechas y, como la noche pasada, cubiertas de mugre y sangre. El ruido de roce de tela la distrajo y volvió a mirar al chico para encontrarse con que este tenía los ojos abiertos y la miraba atentamente. Inmediatamente se quedó tensa, tiesa como un palo, sentada sobre sus piernas sin saber cómo reaccionar ante aquella persona que la miraba sin moverse, todavía bajo las sábanas. Finalmente, el chico sonrió, y parece que el gesto consiguió tranquilizarla en cierto modo.

De repente, la puerta se abrió.

–Buenos días –dijo Josh desde el marco de esta.

–¡Gyaaaaaaaaaaaaaaaah!

Su intención podía haber sido buena pero la chica se sobresaltó de tal manera que acabó pegada al cristal de la ventana y a punto de caerse de la cama.

–¡Eh, eh, eh! ¿Qué demonios estás haciendo? –Josh se apresuró a acercarse a ella y la cogió de las muñecas, volviendo a ponerla en la cama–. Estamos en un segundo piso, ¿sabes? ¿Quieres romper el cristal y acabar aplastada contra la carretera?

Como si las palabras la devolvieran a la realidad, la chica dejó de forcejear y se dejó caer en la cama, aún un tanto renuente ante la presencia de Josh, que la miraba también con cierta cautela. Después de todo, estaba Dia presente. Este, sin embargo, parecía ser el único al que la extraña reacción de la chica no le había hecho cambiar de posición ni expresión y seguía mirándola con una sonrisa que, eventualmente, acabó por calmarla chica del todo.

–Bueno, ¿ya estamos mejor? –preguntó Josh, que al no recibir respuesta siguió hablando–. Asumiré que sí. Venía a despertaros pero se ve que no hacía falta. Vamos a desayunar, luego os cambiaréis de ropa. Debes estar hambrienta, ¿no?

Ella, a pesar de su renuencia a hablar, no pudo evitar asentir con la cabeza al darse cuenta de que, efectivamente, estaba muerta de hambre.

–Entonces sígueme, a la cocina.

Mientras Josh daba la vuelta a la cama para acercarse a Dia, ella bajó del colchón y colocó los pies en el suelo de madera, que no estaba tan frío como había temido en un principio, sino a una temperatura templada. Una pequeña sonrisa se hizo camino hasta sus labio y se giró para mirar a los dos hombres a los que, sin darse cuenta, había dado la espalda. Josh estaba destapando completamente a Dia, que llevaba un pijama de color azul desvaído y lo miraba todo con los ojos con los que un niño disfrutaría por primera vez de una maravilla. Josh le daba direcciones sobre dónde pisar y cómo moverse para poder quitarse de encima el caparazón de sábanas en el que se había cubierto, y una vez liberado Josh le cogió de la mano y le dirigió hasta la puerta.

–La cocina está abajo. No te preocupes por nosotros, ahora te seguimos –le indicó Josh a la chica, que asintió imperceptiblemente y salió por la puerta.

Al otro lado había un descansillo del que salía un pequeño baño y a una escalera que descendía al nivel inferior. Todo en la casa era simple y gastado y el espacio estaba aprovechado al máximo. La cocina, el comedor y el salón estaban todas situadas en la misma habitación al pie de las escaleras. A un lado estaba la encimera, el frigorífico, los fogones y el fregadero, y en la misma parte de la habitación una mesa cuadrada de pequeña con dos sillas. Al otro lado se hacían espacio un pequeño sofá destartalado, un sillón, una cómoda con una radio encima y una pequeña mesita con un teléfono encima. Era un sitio acogedor pero no por ello menos viejo, se veía que los dos hermanos no tenían mucho.

La chica se acercó al sillón y extendió una mano, tocándolo y familiarizándose con él. Detrás de ella pisadas amortiguadas por la madera del suelo le dijeron que los dos hombres estaban bajando por la escalera y todavía tenía algo de tiempo así que adelantó un pie y lo colocó encima de la alfombra marrón que había a los pies del sofá. La sensación la hizo cerrar los ojos y, en un rápido movimiento, se dejó caer encima de ella. Como si fuera una niña pequeña, la chica se balanceó sobre las puntas de los pies hasta que tocó el suelo con el culo y pudo extender las piernas sobre la alfombra, apreciando la sensación en la piel desnuda.

Así fue como se la encontró Josh cuando al fin llegó al final de la escalera con Dia a su lado, con la cabeza apoyada en el sofá y tanto los dedos de las manos como los de los pies agarrados y enterrados en las hebras de la alfombra.

–Hey, ¿qué haces ahí abajo? Sabes que se come en las mesas, ¿verdad?

Al instante la chica abrió los ojos y se levantó, dándose la vuelta hacia Josh. Este pudo ver el minúsculo brillo del miedo antes de que ella lo ocultara y se relajara una vez más. La reacción le hizo sentirse culpable en cierto modo.

–Vamos, siéntate a la mesa. Os haré unos huevos revueltos, unas salchichas y unas tostadas de pan. Con lo del… –Josh se cortó a tiempo–. Bueno, esta semana no tienen mucho en las tiendas así que mejor repartírselo con cabeza.

Mientras la chica se acercaba a la mesa y él colocaba a Dia en sus sitio, Josh dio gracias a no haberse ido de la lengua. A saber lo que la pobre chica había tenido que pasar, no hacía falta recordarle la presencia del monstruo que le había atacado.

En cuanto puso la comida en la mesa la muchacha cogió un tenedor y empezó a comer con urgencia. Se veía que de verdad tenía hambre, el shock debía de haberla dejado sin fuerzas. Dia siguió su ejemplo de manera más sedada y Josh se dedicó a alternar bocados con miradas a la nueva inquilina. Por mucho que la acabara de conocer todavía no había oído que dijera una sola palabra y, casi, ni hacía ruido. Aparte del chillido que había pegado en el dormitorio, no había producido un solo sonido más. Al bajar las escaleras no había oído sus pisadas tampoco, ni siquiera había hecho ruido al sentarse en la silla y acercarse a la mesa.

Tampoco la conocía. No la había visto nunca en la ciudad y eso de por sí ya era raro, ya que no era una ciudad muy grande y todos conocían a todos o al menos a los familiares. ¿Tal vez se estaba mudando cuando la atacaron? Pero no, hacía años que no había nuevos vecinos en la ciudad y, en caso de que lo fuera, no creía que viniera sola. Por lo que sabía, la ciudad estaba y había estado en cuarentena desde hacía siete años, cuando un virus degenerativo había hecho presencia en los habitantes de la ciudad. Todos los no afectados habían huido en masa de la ciudad tras los tests preliminares de manera que todos los que quedaban eran afectados y familiares. El virus había dejado de expandirse cuando en el centro de investigación habían desarrollado una vacuna para los familiares y los propios científicos, pero de aquello ya hacía seis años y medio y desde entonces nadie que no tuviera trabajo aparecía nunca por la ciudad. Todos ellos eran recluídos, en espera de algo que no parecía llegar.

Dia había sido uno de los primeros, por aquél entonces teniendo dieciocho años recién cumplidos. En el escalofriante período de dos semanas su hermano se había ido pareciendo cada vez más a un niño de doce años, alegre y desinteresado, infantil, juguetón. Ahora tenía la mentalidad de un infante y hacía falta ir detrás de él para explicarle las cosas una y otra vez, para que no se hiciera daño. Hacía dos años que no oía su voz diciendo su nombre.

Sacudiéndose los pensamientos depresivos, Josh alzó la cabeza y empezó a comer de nuevo, pausando cuando se dio cuenta de que la chica lo estaba mirando. Oh, cierto…

–Oye, ¿cómo te llamas?

La pregunta produjo un efecto inesperado: en un instante, la chica se puso tensa y apretó el puño alrededor del tenedor que estaba sosteniendo. Lo miraba con suspicacia, como si el mero hecho de decirle su nombre le otorgara un poder tal que no era merecedor de él. Josh suspiró.

–Es simplemente para saber cómo llamarte. No puedo hablar contigo refiriéndome a ti siempre como “chica” o “muchacha”, ¿no crees?

Pero ella no se doblegaba, como si hubiera oído esa excusa miles de veces. Y por mucho que se dijo que debía de ser paciente, no pudo evitar sentir algo de amargura. Después de todo, la había traído a su casa de buena fe. La situación se solucionó, sin embargo, gracias a Dia. Dándose cuenta de la tensión en el aire y quizás queriendo disiparla, su hermano le hizo un gesto a la chica y sonrió. Y con esa sonrisa, Josh vio cómo toda la tensión se iba yendo de sus músculos.

La chica carraspeó y bajó un poco la cabeza.

–Aah… –probó–. Aahn. Aahn.

Tenía la voz cascada y grave, como si hubiera pasado mucho tiempo sin hablar, o un día entero gritando, lo que parecía más plausible.

–¿Anne? –preguntó Josh.

La chica vaciló un momento y luego asintió.

–Está bien, Anne entonces –dijo Josh, sonriendo amablemente para que se sintiera más cómoda–. Cuando terminemos de desayunar te daré algo más de ropa para que te cambies y dejaremos esa camiseta para que duermas, ¿te parece bien?

Ella asintió después de un momento y por primera vez Josh se preguntó si ella no sería también una afectada. Pero no, en ese caso la conocería. Tal vez fuera un familiar de uno de los científicos y médicos del centro. Igual el Dr. Marius la conocía. De cualquier manera, el doctor tenía que realizar su visita mensual en una semana así que le preguntaría entonces.

El resto del desayuno transcurrió con calma y después de lavar los platos, según lo prometido, los tres subieron al dormitorio a cambiarse de ropa. Anne acabó vestida con uno de los pantalones vaqueros de Josh, que le colgaban por las caderas un poco y definitivamente le quedaban muy largos, y una camiseta de manga corta de Dia que le llegaba hasta por debajo de las caderas y le quedaba holgada y, por lo que parecía, cómoda y calentita.

Tras esto, Josh empezó su rutina del día, que era básicamente recoger la casa, preparar la comida y pasar un rato con Dia para divertirlo y mantenerlo ocupado. Con Anne allí, sin embargo, Josh fue capaz de darse un respiro y pasó unos entretenidos treinta minutos viendo cómo Dia le enseñaba a Anne un juego con las manos.

La comida pasó y Dia se acurrucó en el sofá en posición fetal y volvió a dormirse, dejando a su hermano e invitada solos. Anne, que parecía haber desarrollado una fascinación interesante por la alfombra y otra aún más grande por el chico rubio, se apoyó en el borde del sofá con las piernas dobladas sobre la alfombra para observar a Dia. Josh, por su parte, la observaba a ella y se decía que por muy rara que pareciese no tenía pinta de ser peligrosa. Al terminar de fregar los platos de nuevo, se acercó a ella con una baraja de cartas.

–Anne, ¿te apetece?

Ella lo miró confundida y él se sentó con ella en la alfombra.

–Un juego de cartas. ¿Nunca te han enseñado?

Anne negó con la cabeza y Josh se rascó la nuca.

–Hum… bueno, podemos empezar fácil. ¿Porqué no tratamos de hacer un castillo? El que lo tire pierde. Ven, te enseñaré.

Con movimientos hábiles, Josh cogió dos cartas y las apoyó una en la otra, luego otras dos y luego el techo. Anne le observaba con los ojos muy abiertos y, rápidamente cogió otras dos cartas y las puso a un lado. Le costó un poco pero consiguió que no se le cayeran. Josh puso el techo y ella le sonrió. El juego siguió por dos horas más, para las cuales el castillo había sido construido y derrumbado un total de tres veces y finalmente había llegado a tener cinco pisos, con solo la punta por colocar.

Anne se encargó de el último triángulo y mientras se acercaba con cuidado, los labios fruncidos y la nariz arrugada, Josh se dio cuenta de que tenía el pelo tan largo por todas partes que se le metía en los ojos y no le dejaba ver.

Finalmente las últimas dos cartas fueron colocadas y Anne lanzó un grito de júbilo, estirando los brazos con entusiasmo. Sin embargo, tan intenso fue el moméntum que sus rodillas movieron la alfombra y el castillo se vino al suelo. Por un momento ninguno supo lo que había pasado y después Josh se echó a reír. Anne le miró con sorpresa y, poco después, le siguió. Los dos acabaron retozando por el suelo y Josh tuvo que admitir que hacía muchos años que no se sentía tan vivo. Cuando por fin tuvo las risas bajo control, Josh se acercó a Anne y le retiró un mechón de la cara.

–¿Sabes? Tienes el pelo demasiado largo, creo que te haría bien un corte, para mantenerlo a raya.

De nuevo, Anne se puso tesa como un palo, pero antes de que hiciera otro movimiento o Josh hablara, una pequeña risita vino del sofá. Dia parecía haberse despertado con el grito de Anne y, tras haberlos visto partirse de risa y tratar de comprender porqué, por fin había decidido unirse a ellos. Un poco tarde, pero el sentimiento es lo que cuenta, que dicen.

Y una vez más Josh se preguntó qué tenía su hermano, porque Anne sonrió y se relajó y a él le dedicó un asentimiento.

Esa tarde, Josh se pasó veinte minutos cortándole el pelo a Anne de manera sencilla y otros veinte tratando de que Dia no tocara las tijeras y se cortara. Cuando los tres se dirigieron a comer, Anne llevaba pelo, que antes estaba enmarañado y colgaba hasta la cintura, por encima de los hombros y con un flequillo recto justo por encima de los ojos.

Y esa noche, cuando Anne vio que Josh bajaba desde el dormitorio para irse a dormir al sofá, le cogió de la camisa y tiró de ella hacia la cama grande, haciéndose pequeñita junto a Dia, que una vez más se había dormido nada más tocar la almohada. Josh acabó aceptando, y si sus oídos le dijeron que había sonado desde el lado de la chica algo parecido a “noches”, no lo descartó de inmediato. Contra él, el cuerpo de Anne era menudo y delicado, y Josh no pudo evitar la corazonada que le decía que una noche antes, alguien le había regalado una hermana.

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Violeta – Prólogo

La luna brillaba con fuerza aquella noche pero de su hermoso resplandor poco llegaba a la tierra bajo ella tras atravesar la densa capa de contaminación que cubría como una cúpula la sucia ciudad. La poca luz que conseguía alcanzar su destino apenas iluminaba el cúmulo de edificios grises que se alzaban unos al lado de otros. Bajos todos y algunos en ruinas, ninguno tenía la apariencia de ser habitable sino que más bien parecían los pobres supervivientes de un gran cataclismo, apenas subsistiendo en un mar de miseria. Tristes y llenos de heridas, cubiertas estas con trapos descoloridos y tablillas medio deshechas y mal claveteadas. Se respiraba en el aire la enfermedad de la ciudad, así como la de sus habitantes, que a aquellas horas dormían intranquilos en sus destartaladas camas.

Las únicas personas que parecían disfrutar de la noche se encontraban en la gran construcción que dominaba la ciudad en la colina oeste. Separado de las chabolas por un gran muro de hormigón, el laboratorio parecía vigilar con sus muros impenetrables a los habitantes de la ciudad, como si fuera el pastor de un rebaño de ovejas. Los edificios que conformaban el laboratorio eran grises y oscuros, amenazantes y el caudal de agua sucia que fluía por la única abertura del muro hacia la ciudad acentuaba aún más la idea de un lugar marchito, sin esperanza.

Normalmente, las horas se sucedían una tras otra en un monótono círculo que se repetía cada noche, tanto para los habitantes del laboratorio como para la gente humilde que procuraba mantenerse en lo posible fuera de sus asuntos. Pero aquella no era una noche normal. La alarma sonó sobre las cuatro de la madrugada, una sirena estridente que despertó a todos los seres humanos en un kilómetro a la redonda, puede que más, poniendo en pie de guerra a soldados y guardas. Los vigilantes de las puertas se apresuraron a abandonar las botellas de alcohol en el cuartelito donde pasaban las horas muertas y se pusieron en guardia para lo que pudiera pasar. Se aseguraron las puertas, se encendieron focos de luz azul para recorrer cada pulgada del perímetro del lugar, se cerró la salida del agua con verjas metálicas de plomo y se declaró el estado de emergencia dentro del complejo. Buscaban algo que se había escapado del Nivel D, algo peligroso y desconocido, algo que no debía salir a la ciudad por ninguna de las razones. Los soldados iban armados y provistos de luces que les identificarían por lo que sus órdenes eran simples: si veían alguna sombra sospechosa, debían disparar a matar. Sin cuidado, sin reservas, o los que morirían serían ellos.

La primera hora de espera fue tensa; la segunda, eterna; la tercera desesperada. Mientras registraban el complejo de arriba a abajo, al otro lado de muro, a medio kilómetro de la salida del agua, una figura delgada y débil salía del cauce arrastrándose sobre la orilla con un brazo. Jadeaba del esfuerzo, de la dificultad de la tarea, pero logró salir a flote y tumbarse de espaldas al mundo, de cara al cielo encapotado. Su ropa colgaba en jirones mojados, sin color alguno, de forma irreconocible, y una gran herida se adivinaba en su brazo derecho, del hombro a la muñeca. Salpicada de sangre, la figura parecía el pobre bufón descascarillado y olvidado de un viejo teatro de marionetas al que nadie más necesita ya. Con una diferencia, en sus ojos se adivinaba la vida, y no parecía dispuesta a dejarla marchar tan pronto.

Juzgando su descanso más que suficiente, la figura se enderezó y procedió a hacerse un torniquete para detener el sangrado, así como para cubrir con su ropa la herida a modo de vendas. Tras esta corta operación, se levantó y echó a andar a paso ligero hacia el cúmulo de casas que se adivinaban en la semi oscuridad que precede al amanecer, ansiando por refugio y, con suerte, calor. A su costado, la herida seguía sangrando aunque a un menor ritmo y las improvisadas vendas iban tiñéndose, cada vez más, de un oscuro color violeta.