La princesa y la bailarina

Hace mucho mucho tiempo en un país muy muy lejano vivía una princesa muy inteligente y perspicaz llamada Frede. La princesa era tan lista que la consideraban un genio y tan pronto como fue lo suficientemente mayor se hizo cargo de los asuntos del estado, que por aquel entonces iban muy mal. Su reino era pequeñito y no tenía mucho que ofrecer a los países circundantes, por lo que nunca habían tenido todo el dinero que necesitaban. Pero una vez la princesa se hizo cargo todo cambió para bien. Aprovechó que en su país había muchas ovejas y convirtió toda su lana en telas que, teñidas de manera magistral, hacían a todos los demás países temblar de envidia. Vendiendo esas telas, la princesa hizo a su reino mucho más rico de lo que antes era, reconstruyendo edificios derruidos para darles nuevos usos y asegurándose de que todos los niños estuvieran bien educados para que en el futuro no le faltase nada a nadie.

Viendo el éxito que la princesa había conseguido, sus padres, ya viejos, decidieron cederle la corona a los veintidós años y retirarse a una vida tranquila en las montañas. La princesa aceptó con gracia y pronto se organizó una fiesta enorme para celebrar la coronación. Solo había un problema, durante la fiesta se iba a celebrar un gran baile pero, ¡la princesa no sabía bailar! Descorazonada con el hecho, Frede dedicó días y noches a encontrar un profesor capaz que consiguiese enseñarle a bailar en muy poco tiempo.

Un día en que se había disfrazado para buscar de nuevo por la ciudad sin mucho éxito, la princesa empezó a oír gritos de júbilo a lo lejos que, intrigada, decidió seguir para ver qué causaba tanto alboroto. Cuando lo encontró, quedó fascinada. ¡Era un circo! Había colores por todas partes, gente y niños riendo y gritando de alegría, y la princesa, que nunca había estado en un circo, decidió comprar una entrada y sentarse a ver el espectáculo.

Había payasos que hacían reír, artistas a caballo que hacían maravillas con las patas, gatos de dos colas que se convertían en humanos, domadores de leones, leopardos azules que resplandecían y parecía que te miraban el alma. Pero la última actuación no podía describirse con palabras.

-¡Damas y caballeros! -dijo el director del circo al final-. ¡Por fin ha llegado su hora! ¡La actuación que todos estábamos esperando! ¡Ni hombre ni mujer, la criatura más hermosa del universo! ¡El increíble, el inigualable, trapecista ciego!

La gran ovación del público era prácticamente inaudible para la princesa, porque delante de sus ojos una figura increíblemente brillante estaba bailando y por mucho que el director dijera, era la mujer más hermosa que había visto nunca. Decían que era un trapecista pero en realidad era una bailarina que bailaba en el aire. Saltaba de plataforma en plataforma con agilidad y sin problemas, a pesar de tener los ojos cerrados todo el tiempo. Giraba, saltaba, se balanceaba de cuerda en cuerda y de plataforma en plataforma, nada estaba en su camino, todo estaba al perfecto alcance de sus manos y nunca se caía ni daba un paso en falso. La princesa estaba tan maravillada que cuando la actuación por fin se acabó, le costó unos momentos volver a la realidad y decidió que tenía que conocer a esa mujer.

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A Frede no le gustaba aprovecharse de su estatus como princesa para conseguir cosas pero por una vez no dudó en acercarse al director y presentarse como tal, todo para poder conocer a la bella trapecista. El director, que veía posibilidad de negocio en el asunto, enseguida le abrió paso entre los artistas para que pudiera conocer a la bailarina. Esta estaba cambiándose de ropa en su camerino, que consistía en dos telas mal colgadas para dar algo de intimidad, cuando el director retiró una y entró sin reparos y sin avisar, sobresaltándola.

-¡Ajim! ¡Tienes visita! -gritó de mala maneras el director a la bailarina, que se cubría con una tela-. La princesa Frede quiere conocerte, espero que causes una buena impresión y hagas todo lo que te diga. No me dejes en ridículo -de la misma brusca manera en que había entrado y con una asquerosa sonrisa en dirección a la princesa, el director salió por entre las telas y las dejó solas.

La princesa Frede, viendo que la bailarina estaba incómoda medio vestida y roja por la vergüenza, se dio la vuelta y le dio tiempo para que terminara de vestirse.

-Muchas gracias, su alteza -dijo la bailarina con la cabeza gacha cuando hubo acabado.

-No ha sido nada, el director no debería haber entrado sin avisar ni haberte hablado tan bruscamente. Te llamas Ajim, ¿verdad? Quería conocerte porque tu actuación ha sido increíble, eres una bailarina maravillosa.

-En realidad me llamo Matja pero el director no quiere llamarme por mi nombre, para él solo soy un bicho raro que no es ni hombre ni mujer, solo estoy aquí para atraer al público y conseguirle dinero.

-¿Pero porqué dice que no eres ni hombre ni mujer? A mí me pareces una mujer hermosa -preguntó la princesa confusa.

-¿De verdad piensa eso? -preguntó la bailarina, ruborizada. La princesa asintió y la bailarina le explicó-. De pequeña yo nací niño, mi familia era grande y acogedora y todos me querían mucho aunque estuviera ciega, pero yo siempre me sentí mujer y un día decidí contárselo a mis padres, convencida de que me ayudarían como me habían ayudado siempre. Sin embargo, mis padres se quedaron horrorizados y antes que quedarse con alguien como yo decidieron que podían venderme como esclava, así ganarían dinero y se librarían de mí. El circo estaba en la ciudad por aquel entonces y el director me aceptó porque era diferente y podía ganar dinero con mi baile y mis acrobacias. Así que trabajo para él para pagarle lo que se gastó en comprarme, como muchos otros en el circo. No tenemos otra cosa y el director lo sabe, no nos aprecia ni nos muestra cariño porque no lo necesita, no tenemos otro sitio al que ir.

La princesa estaba horrorizada, no entendía cómo alguien podía abandonar a sus propios hijos, y mucho menos venderlos para ganar dinero. Pero lo que sí le había quedado claro es que Matja no vivía en el circo porque quería ni tampoco era feliz en él. Quería encontrar una manera de ayudar a la bella bailarina pero necesitaba tiempo para pensar en ello. La solución más fácil era comprarla a ella y a todo el circo al director pero seguro que este no aceptaría y, además, tampoco se merecía que se le pagase por sus actos despreciables. Aprovecharse de las personas de tal manera no era aceptable y la princesa quería darle al director esa lección. Además, la manera de echarle del reino debía ser pacífica y legal, ni siquiera ella, como princesa y futura reina, podía saltarse la ley, que decía que todo criminal debía tener un juicio justo con pruebas fehacientes. Pero de momento tenía una pequeña solución a dos pequeños problemas: sus clases de baile y mantener a Matja tan alejada del director como fuera posible.

-Matja, te prometo que te voy a liberar de ese monstruo, todavía tengo que averiguar cómo, pero lo haré -le dijo la princesa confiada-. ¿De momento, sin embargo, quieres venir conmigo a palacio y enseñarme a bailar? Necesito aprender para mi coronación y así tendremos tiempo para planear tu liberación juntas.

La bailarina no se lo podía creer y asintió entusiastamente con lágrimas en los ojos. Juntas fueron a ver al director y le propusieron que Matja viviera unos días en el castillo con la princesa durante sus lecciones. Al director se le pagaría por los días que Matja estuviera en palacio y por supuesto por las tardes podría volver al circo para sus actuaciones. El director, encantado con la cantidad de dinero que iba a ganar, aceptó sin problemas.

Y así pasaron días en que las dos mujeres estaban casi siempre juntas. Por la mañana desayunaban y hablaban, luego practicaban el baile y salían a pasear antes de la comida. Tras la comida planeaban el rescate de Matja y del circo y se iban conociendo poco a poco y todas las tardes la princesa acompañaba a Matja al circo para ver su actuación y para acompañarla de vuelta al castillo. Frede aprendió que aunque Matja no podía ver, sí que podía escuchar mejor que nadie, que andaba con gracia y nunca tropezaba, que amaba bailar porque se sentía libre, que uno de sus pasatiempos favoritos era que le leyeran al aire libre y que su sueño más grande era ser amada. Matja descubrió que Frede era tan lista que nunca había tenido muchos amigos porque se sentían intimidados por su inteligencia, que era tan despistada que a veces se le olvidaba comer de lo concentrada que estaba en otras cosas y que adoraba dar paseos por el bosque para escuchar la naturaleza. Se llevaban tan bien que los criados cuchicheaban por las esquinas y se iban informando de las novedades. Cómo la princesa sonreía más, cómo la esclava era amable con todo el mundo pero en cuanto la princesa Frede aparecía lo dejaba todo para estar a su lado, cómo esta le había regalado un hermoso vestido azul que contrastaba con su piel caramelo para que acudiese a su coronación… Poco a poco, sin que se dieran cuenta, se fueron enamorando.

Finalmente, tres días antes de la coronación, la princesa ideó un plan para atrapar al director y echarle del reino sin dañar al circo. Se cogieron algunas de las joyas que la princesa llevaba más a menudo y esa tarde, durante las actuaciones, los guardias de palacio las colocaron en un cofre y las sacaron de palacio bajo el pretexto de que las llevaban a pulir al joyero. Habiendo planeado todo hasta el último detalle, los guardias se aseguraron de pasar al lado del circo en uno de los descansos del director y respondieron a todas sus preguntas sobre la caja que llevaban. Siendo el hombre avaricioso que era, el director les siguió a la joyería y, después de que se fueran y las joyas quedaran en el mostrador, el director aprovechó que el joyero iba a por sus gafas a la trastienda y las robó.

La princesa, que había supuesto lo que el director haría, no se sorprendió para nada cuando los guardias al día siguiente fueron a buscarla para decirle que sus joyas habían sido robadas. La guardia real fue despachada al instante y rápidamente empezaron sus pesquisas. Para la hora de comer las joyas habían sido encontradas en el carromato del director. El criminal fue escoltado hasta la sala del trono y, una vez allí, se le juzgó culpable y la princesa pronunció su veredicto.

-Por el crimen de robo a la corona, se te sentencia a cinco años de cárcel y se te requisarán todas tus pertenencias, tanto materiales como figuradas. Tu circo quedará a cargo del reino y una vez salgas de prisión serás exiliado y no se te permitirá la entrada al reino nunca más -le dijo la princesa al director en frente de toda la corte.

Este, furioso porque le habían atrapado, salió de la sala del trono arrastrado por los guardias y lanzando improperios a diestra y siniestra. Mientras tanto, Matja lloraba de alegría por ser libre al fin y todos sus compañeros del circo contemplaban la escena con incredulidad por la misma razón. A todos se les ofreció la posibilidad de ser los nuevos dueños del circo o de recibir como regalo unas tierras en las que podrían vivir pacíficamente cada uno de la manera que quisieran, y esto último eligieron. Así mismo, se les invitó a todos a la coronación dos días después, que tendría lugar en los jardines de palacio.

Matja, sin embargo, se sentía algo triste puesto que por fin se había dado cuenta de que estaba enamorada de la princesa y creía que una vez la coronación pasase nunca volvería a estar con ella.

El día de la coronación todos los invitados observaron cómo la nueva reina recibía la corona y juraba su lealtad a su pueblo con voz fuerte y decidida. Matja escuchaba su voz con atención para nunca olvidarla. Al finalizar la ceremonia y antes de los bailes, sin embargo, ocurrió algo inesperado: pidiendo silencio y acercándose a Matja, a quien habían sentado en primera fila vestida con el regalo de la reina Frede, la levantó y ante todos los presentes se arrodilló ante ella y empezó a hablar.

-Mi querida Matja, eres la persona más bella que jamás he conocido y que jamás conoceré, tanto por dentro como por fuera. De no haberte conocido nunca habría sabido de la bondad que hay en tu corazón ni de la felicidad que me traes. Por estas y por tantas otras razones que no sé nombrar, me sentiría honrada si, aquí y delante de todos mis súbditos, aceptases ser mi esposa y nuestra segunda reina.

Boquiabierta y sin palabras Matja solo sentía las manos de la reina en las suyas, el resto del mundo se había desvanecido. Temblorosa por la emoción, asintió y una gran ovación se hizo entre el público cuando la reina se enderezó y besó a su prometida.

A partir de entonces Matja vivió en el palacio como reina consorte  de la reina Frede y se convirtió en su mujer, su confidente y su persona más preciada. Nunca más volvió a sentir que estaba sola y atrapada y su deseo de ser amada fue cumplido.

Fin.

Ilustración de Maite Ventura Herrera.
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Medianoche

Hace mucho mucho tiempo, en un país muy muy lejano, vivía un príncipe muy especial llamado Medianoche. Medianoche era el príncipe de su gente, Los Sin Forma, unas criaturas muy pacíficas y muy diferentes unas de otras. Había Sin Forma que eran humanos y otros que eran duendes, otros hadas, otros seres del bosque e incluso gatos o perro. Ellos utilizaban sus poderes para estar con la persona con la que amaban de forma que si uno de ellos se enamoraba de alguien diferente a ellos, podrían cambiar para estar juntos. La madre de Medianoche, la princesa de aquel entonces, había quedado enamorada de un caballo muy hermoso y audaz que le había salvado la vida, así que, para estar con él, se convirtió en una yegua. Gracias a esto, Medianoche tenía la forma de un caballo y, según decían sus gentes y sus padres, era el caballo más hermoso que jamás había existido.

Medianoche tenía las crines de color negro azabache y su pelaje era del mismo color, refulgiendo con los rayos del sol. Sus patas, sin embargo, eran blancas como la leche, exactamente igual que su hocico, y entre las orejas tenía un parche del mismo color que le bajaba hasta los ojos grises. El príncipe se contaba afortunado pero aún así no podía esperar a encontrar la persona especial de la que se enamoraría. Él solo esperaba que fuera amable, y se pasaba las horas pidiéndole permiso a los Reyes para que le dejaran ir a buscarla.

Finalmente las plegarias de Medianoche fueron atendidas y por su diecisiete cumpleaños los Reyes le dejaron ir de viaje con la condición de que si se enamoraba, volviera inmediatamente a presentarles la persona que había escogido. La Reina, sin embargo, le dijo que tuviera mucho cuidado con los bandidos, pues se decía que los caminos estaban llenos de ellos.

Muy contento, y lleno de energía, Medianoche dejó su reino y sus praderas atrás y decidió encaminarse al reino más próximo, el cual decían que tenía bosques tan grandes que te perdías en ellos y lagos tan profundos que los más maravillosos peces habitaban en sus aguas.

Nada se interpuso en su camino durante dos días, ni siquiera cuando cruzó la frontera entre los reinos, y tampoco tuvo problemas para encontrar comida o agua, pastando en las orillas del bosque y bebiendo de las aguas de los grandes lagos. Al tercer día, sin embargo, algo lo distrajo, y, silenciosamente, se acercó al camino que hasta entonces había evitado. Por entre los árboles logró vislumbrar un grupo de cuatro humanos fornidos que rodeaban otro más joven. El joven acorralado tenía los cabellos de cobre y sus ojos eran dorados como el alba más clara. Además, parecía algo asustado, aunque su mano descansaba en una espada.

Rápidamente, Medianoche decidió ayudarlo y, sin pensarlo siquiera, salió desde detrás de los arbustos en los que se hallaba escondido y galopó hacia los hombres con furia, espantándolos con sus relinchos y sus pezuñas. Satisfecho al ver que ya no iban a volver, Medianoche se dio la vuelta y se dirigió hacia el joven humano al que había salvado. Este, que había sacado la espada para defenderse, la guardó de nuevo al ver que Medianoche no trataba de atacarle y se acercó con cuidado.

–Muchísimas gracias, noble caballo, me has salvado la vida, aunque no me queden muchas de mis pertenencias –Medianoche asintió con la cabeza, claramente complacido al haber hecho un buen trabajo.

–Me llamo Tieren y soy el príncipe de este reino. ¿Tal vez quieras volver conmigo a mi castillo? Los bandidos espantaron mi montura y ahora no tengo cómo volver –preguntó el príncipe.

Medianoche, sorprendido de que el humano que acababa de salvar fuera un príncipe igual que él, se encontró considerando la propuesta cuando normalmente se habría negado a ser una simple montura. Finalmente, asintió, y cambió de postura para que el príncipe pudiera subirse a su grupa.

Juntos emprendieron el camino a la capital, donde estaba el Palacio Real, y por el camino el príncipe Tieren no dudó en hablar con Medianoche con el mismo respeto con el que trataría a un ser humano, hecho que hizo que se ganara el respeto del otro príncipe y que se sintiera muy contento de haber salvado a una buena persona.

A su llegada sirvientes salieron a recibirlos y el Rey acudió en persona a ver qué había pasado con su hijo, por el cual estaba muy preocupado. La respuesta que este le dio pocos la habían previsto.

–Me dirigía a las tierras del este cuando un grupo de bandidos me atacaron. Uno de ellos se llevó mi montura y mis alforjas y los otros cuatro estaban a punto de matarme cuando este maravilloso corcel salió del bosque y los espantó. Él me ha traído aquí y, si quiere, me gustaría que viviera en los establos de Palacio.

Medianoche, que había quedado encantado con la belleza del palacio, enseguida asintió con la cabeza y le tocó el hombro con el hocico para demostrar que estaba de acuerdo.

–Muy bien, hijo. Pero tú tendrás que cuidar de él y deberá ser útil de alguna manera. ¿Quizás podría ser tu montura personal, puesto que perdiste la tuya? –sugirió el Rey, mirando cautelosamente a Medianoche, quien parecía ser muy inteligente.

–Si él acepta, lo será –respondió el príncipe.

Y eso fue todo. A partir de entonces Medianoche vivió en los establos de Palacio, donde el príncipe Tieren acudía a visitarle a diario. Juntos pasaron muchos días y con el tiempo, Medianoche descubrió que el príncipe humano tenía muy buen corazón y que trataba a todo el mundo con respeto y con cariño. Y según pasaban los días, descubrió que se estaba enamorando de él.

–¿Sabes qué? –le preguntó el príncipe un buen día después de haber estado galopando por los jardines–. Ayer me di cuenta de que no te había puesto nombre, noble corcel. ¿Tal vez podrías ayudarme?

Medianoche relinchó y asintió con la cabeza, esperando a que el príncipe le diera sus sugerencias. No quería cambiar de nombre, pero puesto que no podía hablar, debería dejar que él lo averiguase por sí solo.

–Tal vez… ¿Tormenta?

Medianoche sacudió la cabeza con espanto. ¡Ese era nombre de mujer!

–No, ¿eh? Bueno, ¿qué te parece Fuego Negro entonces?

Medianoche volvió a sacudir la cabeza.

–¿Estrella Nocturna? ¿Temerario? ¿Veloz?

Medianoche seguía sacudiendo la cabeza de lado a lado, un tanto descorazonado al ver que el príncipe no conseguía dar con su nombre.

–¿Luna Llena? ¿Medianoche?

¡Ahí! ¡Ahí estaba! Medianoche soltó un relincho al mismo tiempo que saltaba sobre sus patas traseras para señalar lo contento que estaba. El príncipe rió, encantado.

–Medianoche entonces –aceptó el príncipe.

Pero los tiempos seguros y felices no duraron mucho. Al mismo tiempo que el amor de Medianoche por el príncipe crecía también lo hacía su incertidumbre. Por alguna razón, Medianoche no conseguía cambiar de forma y convertirse en humano. Medianoche lo intentaba y lo intentaba pero por mucho que quisiera seguía siendo un caballo y si no conseguía convertirse en humano no podría estar con el príncipe. Nada le daba más miedo que la posibilidad de que el príncipe Tieren se enamorase de otra persona solo porque él no podía volverse humano.

El príncipe, por su parte, estaba cada vez más preocupado por Medianoche, que parecía muy deprimido y nada de lo que hiciera conseguía que se animase. Además, su padre, el Rey, no dejaba de decirle que como quedaba poco para que cumpliese dieciocho, debería encontrar pronto alguien con quien casarse y por mucho que Tieren lo pensara no daba con nadie que le satisficiera.

Una noche, aprovechando la oscuridad y la hora tardía, un intruso se coló en Palacio. El intruso estaba cubierto de arriba a abajo en ropajes negros y llevaba un puñal y una espada. Confiado en que a aquellas horas de la noche estarían todos durmiendo, el intruso entró por los establos, despertando sin darse cuenta a Medianoche. Este, que se había pasado todo el día anterior deprimido, enseguida se dio cuenta de que algo malo pasaba y trató de seguir al intruso pero se topó con un problema: al ser un caballo, las puertas eran demasiado pequeñas para que él entrase cómodamente y, una vez entrase en el palacio, sus pezuñas harían mucho ruido en los suelos de piedra. Desesperado por el miedo de que algo le pudiese pasar al príncipe, Medianoche empezó a dar vueltas por el establo muy agitado, tratando de dar con una solución, cuando, de repente, el mundo a su alrededor dio un vuelco y se encontró en el suelo.

No sabiendo muy bien lo que había pasado, Medianoche se arrastró hasta un cubo de agua, pensando que se había torcido una pata, y lo que allí encontró le sorprendió tanto que de su garganta brotó un ruido extraño que despertó a los demás caballos. Su reflejo ya no era el de un hermoso caballo negro, sino el de un joven humano de cabellos azabache como la noche y ojos grises. Por fin lo había conseguido, ¡era humano!

Temblando como un potrillo recién nacido, ya que nunca había andado sobre dos patas, Medianoche consiguió ponerse en pie y, con determinación, se dirigió a detener al intruso. Sin saber muy bien por dónde quedaban los aposentos del príncipe, Medianoche decidió buscar a un guarda y pedir ayuda. Al llegar a la entrada del Palacio sus piernas le ardían pero estaba determinado a cumplir su cometido. Por fin, un guarda salió a su paso y Medianoche se derrumbó en el suelo.

–¡P-por favor! ¡A-ayuda! –tartamudeó Medianoche, que nunca había hablado–. ¡Int-truso! ¡P-príncipe! ¡Ayuda al príncipe!

Entre muchos esfuerzos, Medianoche consiguió hacerse entender y el guarda lo dejó donde estaba tirado en el suelo para ir a buscar refuerzos. Medianoche, por su parte, que nunca había pensado que caminar con dos patas de menos sería tan difícil, acabó acurrucándose en el suelo y se durmió de cansancio.

A la mañana siguiente cuando Medianoche se despertó, encontró que se hallaba cubierto por una cálida manta en una cama muy espaciosa y que, en una silla al lado de la ventana, había alguien sentado. Era el príncipe Tieren, que lo miraba con una sonrisa y Medianoche, algo avergonzado, se la devolvió tímidamente. Sin embargo, enseguida se acordó de lo que había pasado la noche anterior y le preguntó al príncipe qué había pasado. Este le dijo que habían atrapado al ladrón y que se sentía muy agradecido con él.

–Sin embargo, hay algo que me intriga –le dijo el príncipe–. Me sois familiar pero estoy seguro de que nunca os he visto antes. ¿Tenéis alguna idea de porqué?

Medianoche, que no sabía muy bien cómo explicar las cosas, decidió dejar que el príncipe lo adivinara por sí mismo.

–Mi nombre es el mismo que el de uno de los caballos de su cuadra. Si lo adivina, le contaré mi historia.

El príncipe, intrigado por el joven que le había salvado la vida y que era la persona más hermosa que jamás había conocido, enseguida empezó a decir nombres.

–¿Modesto? ¿Capitán? ¿Esperanza? ¿Matalobos?

Medianoche negó la cabeza una y otra vez y, como sabía que el príncipe acabaría por usar su nombre, se limitó a esperar.

–¿Albino? ¿Medianoche?

Medianoche asintió con energía y, tal y como había prometido, le contó al príncipe su historia.

Según avanzaba Medianoche en el relato, el príncipe se dio cuenta de que el caballo en que tanto confiaba y que tanto quería era también el misterioso joven que le había salvado la vida la noche anterior y, emocionado, le pidió que siguiera siendo su amigo y se quedara a vivir en el palacio. Medianoche aceptó y le pidió al príncipe que mandara un mensaje a sus padres para informarles de todo lo que había pasado y para asegurarles de que se encontraba bien.

Medianoche recibió una habitación cerca de la del príncipe, lo cual le venía muy bien para que este le echase una mano enseñándole a caminar, a hablar, y para que ambos hicieran travesuras y se colaran en la habitación del otro en plena noche. En dos meses, Medianoche era tan querido por la gente de palacio como el propio príncipe y nadie dudaba al verlos juntos que estaban hechos el uno para el otro.

Medio año después de conocerle el príncipe pidió a Medianoche que se casase con él y el chico, saltando de alegría, aceptó. La boda se celebró en el prado donde Medianoche había crecido y acudieron invitados desde todas las ciudades del mundo. Sus padres estuvieron presentes también y Medianoche decidió que nunca antes había sido tan feliz.

Fin.

Los siete días de la princesa

Hace mucho mucho tiempo, en un país muy muy lejano, vivía una princesa con su padre y su madre, los reyes de ese país. En el reino todos eran muy felices ya que los reyes eran bondadosos y la princesa era la más bella que nadie pudiera haber imaginado. Sus cabellos de oro le caían en cascada por la espalda, enmarcando sus suaves pecas y sus ojos de color esmeralda. En los labios de la princesa siempre había una sonrisa y todo su pueblo la quería mucho. Su nombre era Sara.

Un día, sin embargo, el Rey le comunicó a la princesa que, como su cumpleaños número 16 se acercaba, era su deber buscar alguien con quien casarse y que con motivo de tal decisión, invitaría a diferentes príncipes y princesas de países vecinos para que vinieran a pedirle su mano.

La princesa estaba muy nerviosa, ya que nunca había conocido a otro príncipe o princesa como ella, y lo comentaba con su amiga Clara, su doncella.

–Estoy muy emocionada –decía–. Carla, ¡por fin me voy a enamorar!

Por fin, el día en que los príncipes aparecerían en el castillo llegó. El príncipe Alberto, el príncipe Julio y la princesa Diana llegaron para conocerla, pero ninguno resultó ser lo que había esperado.

Los dos príncipes habían hecho amistad desde que se vieron el primer día y se pasaban las tardes yendo a cazar, practicando esgrima y contando chistes, y cuando coincidían con ella, se pasaban el tiempo alabando sus cabellos y su bello rostro.

La princesa Diana, por su parte, solía hablar con ella pero el único tema que sacaba a relucir era los vestidos que tenía en palacio, qué fiestas se celebraban en el reino y dónde había comprado tal o cual rubí.

La princesa no podía más así que decidió que no se casaría con ninguno de ellos, y se lo comunicó a su padre. El Rey, sin embargo, se enfadó mucho y le dijo que si no se enamoraba de ninguno de ellos pronto y se casaba con él o ella, él mismo decidiría quién sería su pareja. Le dio siete días para decidirse.

–Sea como sea, ¡para el séptimo día debes haberte enamorado! ¡Y no hay más discusión!

Sara lloró mucho esa noche, abrazada a Clara. No entendía porqué su padre era tan malo con ella y porqué ninguno de los príncipes ni la princesa se molestaba en conocer nada de ella aparte de la ropa que vestía, el maquillaje que usaba o lo bonitos que eran sus ojos al sol, sin sol y a la sombra.

–Tú tampoco te has molestado en conocerles, Sara. ¿No es cierto? –dijo entonces Clara, acariciando sus cabellos.

–¿Ah, no? –preguntó la princesa levantando la cabeza.

–No. ¿Acaso sabes qué es lo que le gusta de comer al príncipe Alberto? ¿Le has preguntado alguna vez a la princesa Diana algo sobre ella? O incluso, ¿sabes porqué el príncipe Julio da paseos de noche? –respondió Clara con una pícara sonrisa.

–¿Da paseos de noche? –preguntó la princesa.

–Sí, pero cree que nadie le ve. ¿Porqué no vamos a descubrir porqué? –propuso Clara.

La princesa aceptó de inmediato y se preguntó sorprendida cómo Clara sabía tantas cosas. Pero Clara siempre había sido muy inteligente, le daba los mejores consejos y siempre estaba a su lado. Era su mejor amiga y sabía que podía confiar en ella.

Juntas y aprovechando que era de noche, las dos recorrieron los pasillos del palacio hasta que encontraron al príncipe Julio. El príncipe parecía nervioso y sus cabellos rubios se le caían constantemente encima de la cara por lo que tenía que parar de andar cada rato para recolocárselos. En una mano llevaba una carta y caminaba hacia la habitación del príncipe Alberto.

La princesa Sara y Clara lo observaron caminar de un lado a otro frente a la habitación del príncipe, a ratos a punto de deslizar la carta por debajo de la puerta, pero siempre parando antes de tiempo. Finalmente, el príncipe Julio volvió a su habitación con la carta en las manos, sin haberse atrevido a pasarla hasta el otro lado.

La princesa y la doncella lo siguieron dos días más y así fue como descubrieron que el príncipe Julio estaba enamorado del príncipe Alberto pero no se atrevía a confesárselo. Emocionadas por el descubrimiento, Clara y la princesa decidieron ayudarle y se colaron en su cuarto para recoger la carta y dársela al príncipe Alberto. Pero no había una, ¡sino muchas cartas! El príncipe Julio era tan indeciso que cada día hacía una diferente pero nunca entregaba ninguna.

Esa tarde, Clara y la princesa cogieron todas las cartas y las metieron en una caja, que le dieron a un muy sorprendido príncipe Alberto. Este cogió una carta y comenzó a leerla y luego cogió la siguiente y la siguiente, y cuanto más leía el príncipe más sonreía y más feliz estaba hasta que finalmente, cuando hubo leído la última carta, el príncipe Alberto les pidió que fueran a buscar al príncipe Julio, porque tenía una cosa que decirle.

Las dos fueron corriendo a buscarlo y lo llevaron con Alberto sin explicarle nada, casi arrastrándolo por los pasillos del palacio. Nada más llegar y ver las cartas, el príncipe Julio se puso rojo como un tomate y trató de escaparse pero el príncipe Alberto le abrazó y la princesa y la doncella salieron de la habitación para que pudieran arreglar las cosas ellos solos.

Estaban muy muy felices de que el amor del príncipe Julio fuera correspondido. En esos días que habían estado investigando lo que ocurría con los príncipes se lo habían pasado muy bien, de maravilla. Sin embargo, hablando las dos de repente se acordaron de que se habían olvidado de la princesa Diana. Además, les quedaban apenas dos días para que Sara tuviera que elegir alguien con quien casarse. Y puesto que Sara no quería elegir a ninguno de los dos príncipes, que acababan de ver que estaban enamorados el uno del otro, a la princesa no le quedaba otra que casarse con la superficial princesa Diana. La idea no le gustaba para nada pero tenía que disculparse con la princesa por no haberle hecho caso todos esos días así que aceptó tomar el té esa tarde con ella.

Como siempre que quedaba con ella, Sara se aburrió muy pronto de la conversación con la princesa Diana y se limitó a tomar su té y a asentir de vez en cuando. Sin embargo, algo captó su atención y se puso a escuchar más atentamente. Se dio cuenta de que la princesa Diana solía hablar mucho de su mayordomo, que era muy atento, era el que siempre le ayudaba cuando algo salía mal, también era el que encargaba sus vestidos y elegía a sus doncellas para que la ayudasen, y la princesa Diana parecía realmente feliz cuando hablaba de él.

Sin poder evitarlo, la princesa Sara preguntó:

–Diana, ¿te gusta tu mayordomo? ¿Estás enamorada de él?

La pregunta pilló tan de sorpresa a la princesa Diana que se le cayó la taza de té a la alfombra y se puso a balbucear muy sonrojada, tratando de esconder su cara entre sus rizos marrones. Al final, sin embargo, asintió y las dos se pasaron la tarde hablando de lo bien que se sentía uno estando enamorado y de lo mucho que quería la princesa Diana a su mayordomo.

Clara las miraba a las dos con una sonrisa pero a la vez triste, porque sabía que ahora sí que la princesa Sara no querría casarse con ninguno de los príncipes ni con la princesa y se preguntaba qué haría para que su padre no se enfadara con ella.

Finalmente, el séptimo día llegó y el Rey llamó a todos los príncipes y princesas para que le comunicaran su decisión. Los príncipes estaban bastante nerviosos y miraban al suelo mientras que la princesa Diana parecía muy triste. La princesa Sara era la única que tenía una sonrisa en la cara, como siempre, y Clara, observando junto al resto de criados, se preguntaba si la princesa tendría un plan.

La princesa Sara se adelantó entonces y le dijo a su padre el Rey que no pensaba casarse con ninguno de los dos príncipes ni la princesa que habían acudido al palacio. El Rey se puso hecho una furia.

–¡Eso es imposible, Sara! ¡Me prometiste que elegirías a alguno para casarte o que si no te casaría yo con quien eligiera! –dijo el Rey.

–Pero padre, no puedes casarme con ninguno, porque todos están ya enamorados de otra persona –protestó la princesa–. ¿No crees que sería muy feo deshacer su amor, padre?

Ante esto el Rey se quedó callado, no sabiendo muy bien qué responder, pero finalmente se dio por vencido y suspiró.

–Está bien, pero dijiste que te casarías y ya tienes 16 años. ¿Qué vamos a hacer, Sara? –preguntó.

La princesa sonrió mucho entonces y respondió:

–No te preocupes, padre, porque yo también me he enamorado.

–¿Ah, sí? ¿De quién? –preguntó el Rey, emocionado.

–De Clara –dijo la princesa sonriendo. Corrió hacia donde estaban los criados y trajo con ella a la doncella, que estaba muy sorprendida pero también alegre.

–¿De Clara? ¿Tu doncella? –preguntó el Rey–. ¡Pero no es una princesa!

–Pero si me caso con ella entonces se convertirá en princesa y no habría problema, ¿no? –dijo Sara.

–Bueno, eso es cierto… vale, está bien –dijo finamente el Rey.

La princesa Sara se volvió hacia Clara muy emocionada y le dedicó una preciosa sonrisa, ya que Clara también sonreía.

–¿Cómo sabías que estaba enamorada de ti, mi princesa? –preguntó Clara, intrigada.

–Porque me mirabas con ojos tristes cuando mi padre dijo que quería casarme. Dime, ¿quieres casarte conmigo? –preguntó Sara.

–Por supuesto que sí. Y siempre querré –dijo Clara.

Ambas se cogieron de las manos y se dieron un beso. Por todas partes en el salón la gente se emocionaba y saltaba de alegría por el matrimonio de la princesa. Los dos príncipes se acercaron y les dieron la enhorabuena, así como les dieron las gracias por ayudarles y la princesa Diana les dio un abrazo con cariño.

Un mes más tarde se celebró una gran boda en el reino en la que los príncipes Julio y Alberto, la princesa Diana y su mayordomo y la princesa Sara se casaron. Hubo tres tartas tan grandes como las puertas de la sala y muchos invitados; y todos fueron amigos durante muchos muchos años.

Fin.